Libro 1:– El Cuento de Toto – Capítulos del 1 al 8.

 

El Maravilloso Mago de Oz por L. Frank Baum y Peeky

 

Prefacio: En la película de MGM de 1939, El Mago de Oz, Dorothy despertó y descubrió que sus aventuras en Oz fueron un sueño. El Mago Era Extraño, la versión de Toto, comienza unos pocos días después del despertar de Dorothy.

 

Capítulo 1: El Tornado

—¡Despierta, Toto, despierta!

 

Sobresaltado, alcé la cabeza y mis ojos se abrieron de golpe. Dorothy se agachó delante de mí, frotándome por el costado. Yo estaba jadeando.

 

Estabas soñando, Toto —dijo ella con una sonrisa—.  ¡Tus rechonchas patitas se movían a cincuenta millas por hora! Un momento gemías y al minuto siguiente gruñías.

Suspiré, me di la vuelta echándome sobre mi estómago, descansé mi barbilla sobre mis patas y decidí que mi loco sueño era culpa de Dorothy. Hace una semana, el viento hizo que el marco de la ventana de nuestra cabaña golpease su cabeza. Ella despertó con un chichón en la cabeza y hablando un montón de tonterías. Desde entonces, todos los días he escuchado sus cuentos de brujas y magos, hombres de hojalata y de paja. Ahora…ella me hizo soñar con las mismas tonterías. Me vinieron a la memoria un hombre-monstruo de metal de buen corazón, un espantapájaros realmente molesto, una vaca lechera que hablaba y un enorme gato feo…. Al menos, no soñé con brujas y magos.

Sacudí la cabeza para despabilarme, me rasqué con los dientes mi pata posterior que me picaba y traté de aferrarme a esos magníficos recuerdos confusos antes de que se sumieran en la oscuridad de la tierra de los sueños. Pero... un miedo escalofriante se apoderó de mis sentidos. Los pelos de mi cuello se encresparon y se rizaron como si tuvieran mente propia,  mientras un desesperado sentimiento de presagio reclamaba mi espíritu. Algo andaba mal y requería mi atención más que aquella picazón. Así que escupí en mi pata trasera, me estremecí, agucé mis orejas para tratar de escuchar mejor cualquier sonido a medida que mis ojos se movían con rapidez entre los cielos y el horizonte.

—¿Qué pasa, Toto? —preguntó Dorothy con un tono de crispación en su voz.

Un escalofrío se apoderó de mi alma y me quedé tendido, helado e inmóvil, como el rocío sobre la hierba en un amanecer sin viento. Mi nariz temblaba mientras luchaba por conocer el sabor de mi miedo. Era el mes de julio y cerca del mediodía. En Kansas, nadie tenía frío en julio… nunca.

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Mientras estudiaba el terreno atestado de polvo, algo me estaba comiendo. Era una pulga…. la sacudí de mi oreja, pero otra cosa más me mordía, algo aún más siniestro y el sentimiento de temor continuaba en mi corazón. Luego, desde el extremo norte, oí un tenue lamento… un sonido familiar que denotaba una sensación de desesperación a su alrededor, pareció desesperación a todo el que vivía en las calurosas llanuras del Medio Oeste.

—Tornado —gruñí con un fuerte chirrido. Frenético, me retorcí y corrí cual rata acorralada. También actué así cuando acorralé a una rata, por lo que nadie más que Dorothy me prestó atención.

—Tornado —gritó Dorothy mientras señalaba hacia donde se inclinaba la hierba alta ondeando ante la tormenta que se avecinaba. Un agudo silbido en el aire llegó del sur. Cuando nos volteamos en esa dirección, vimos ondulaciones en la hierba que también provenían de aquella dirección.

El tío Henry dijo—: Em, yo cuidaré del ganado. —Entonces, corrió para asegurar los cobertizos de los caballos y de las vacas.

—Llevaré las gallinas al gallinero —ladré. Aunque mis tareas rutinarias se limitaban a atrapar ratas, tomé un interés especial por las gallinas, ya que sus mollejas eran mi comida favorita.

El tornado estaba peligrosamente cerca para el momento en que terminamos de atender a los animales. Me dirigí a nuestro hogar, una pequeña cabaña de un cuarto, pero el viento soplaba con tanta fuerza que apenas podía poner una pata delante de la otra.

Veinte libras de puro músculo, yo estaba en mi mejor forma, sin embargo no podía avanzar en contra de aquella tormenta, pero, al menos, esta me retiraba el cerquillo de mis ojos y, por una vez en mi vida, podía ver con claridad.

—Te tengo, Toto —dijo el tío Henry mientras llegaba por detrás de mí y me agarraba por el pescuezo. Mientras él se balanceaba por el viento y luchaba por ponernos a salvo, yo miraba con terror. Nunca antes, había conocido tal miedo. En forma tan feroz, que va más allá de las palabras, nuestro mundo se había convertido en un tazón de polvo, con ráfagas que desgarraban en una dirección y que rasgaban en la otra. Meneé la cola débilmente mientras el tío Henry me entregaba a Dorothy.

—Oh, gracias, gracias, tío Henry, no sé qué haría yo sin To….

Dorothy jadeó; su mandíbula rebotó en mi cabeza y, mientras ella se enderezaba, me di la vuelta aun en sus brazos para ver qué la espantaba. Mi cola se metió entre mis patas como si pensara por sí misma. Allá donde sólo minutos antes había ese cuenco de polvo de fuertes vientos y un sombrío cielo gris, ahora, un embudo de color gris ennegrecido se retorcía como una furiosa serpiente que bajase de los cielos. Con su boca abriéndose cada vez más, avanzaba… hacia nuestra cabaña.

—Tío Henry, mira, allí… en el tornado, un arado, y ahora… el tejado de un granero… y muy, muy arriba —dijo Dorothy con un grito ahogado—.  ¡Qué terrible! ¡Allá va una vaca… y… un pobre joven delgaducho!

—¡Em, al sótano, ahora! —dijo el tío Henry mientras tiraba a un lado la alfombra que cubría la trampilla. Jalando para abrirla, entró primero él para alistarlo.  

—Déjala —dijo él mientras Em trataba de alcanzar una linterna—. Tenemos una lámpara abajo.

—¡Rápido, Dorothy! —gritó la tía Em mientras bajaba por la escalera—. ¡Entra aquí ahora!

—Ya voy —gritó Dorothy. 

Primero, sin embargo, ella me puso en el suelo con suavidad y, luego, se arrastró frenéticamente bajo su cama. Después de que la tía Em estuviera a salvo, el tío Henry subió nuevamente por la escalera. —Toto, salta —gritó con los brazos abiertos.

Yo estaba a punto de saltar a la seguridad de sus brazos, pero Dorothy seguía al otro lado de la cabaña, debajo de su cama. 

El tío Henry gritó—: ¡Salta Dorothy por Dios santo! ¿Qué estás haciendo? 

Yo giré, dando la espalda a la seguridad de los brazos abiertos del tío Henry y mordisqueé los pies descalzos de ella. No la dejaría hasta que se levantara.

—Para ya, Toto, estoy buscando mi estuche de maquillaje y… ah. 

Dorothy lucía su dulce sonrisa de inocente encanto mientras descolgaba un fino vestido de un gancho en la pared y deslizaba sus pies descalzos en su único par de zapatos. 

—No iré a ningún lado sin mi maquillaje y mi vestido de los domingos. Estas cosas son todo lo que tengo en el mundo entero, ¡y no las voy a dejar por ningún tornado! Y ahora, ¿dónde está mi maquillaje? 

—Maldita sea, Dorothy. Olvídate de tu maquillaje —gritó el tío Henry—. ¿Te has vuelto loca? 

Mientras yo volvía a la escalera, vi su estuche de maquillaje debajo de una toalla junto al lavabo y sabía que no se iría sin él. El tío Henry me llamó de nuevo. Me encontraba entre dos testarudos y me sentía muy confundido. Me lamí la nariz. 

Luego, la cabaña se tambaleó y rebotó sobre sus cimientos. Dorothy perdió el equilibrio, tropezó con su vestido y se cayó al suelo. Eso bastó para cambiar su actitud. Al igual que las galletas sumergidas en miel de la tía Em, sus ojos estaban vidriosos, sus labios temblaron y se quedó helada. Por la mirada de miedo en su dulce rostro, me di cuenta de que finalmente lo había entendido. Estábamos metidos en problemas hasta las cejas.  

La cabaña resistió como un potrillo. Yo jadeaba, mi lengua oscilaba como un péndulo sobre mis dientes inferiores salidos y, una vez más, mi cola encontró seguridad entre mis patas. La fresca e intensa fragancia de la tormenta que olía a ropa limpia me hacía cosquillas en la nariz mientras Dorothy me miraba con fijeza, con ojos hundidos y suplicantes. Eché un vistazo atrás a tío Henry, meneé débilmente mi cola y me dirigí bamboleando hacia su estuche de maquillaje de cuero rojo. Lo arrastré hasta sus manos extendidas, pero en lugar de eso, ¡era por mí por quien ella extendía sus manos! 

—Bendito seas, Toto —dijo ella con sus ojos llenos de lágrimas. Agarrando su mejor vestido, su estuche y a mí, ella luchó por ponerse de pie. 

Un gran rugido surgió del viento, la casa se balanceó sobre sus cimientos y se inclinó. 

Antes de que ella pudiera recobrar su equilibrio, o siquiera arrastrarse hacia la escalera, la casa se elevó. Sí, literalmente se elevó girando sobre sí, primero de forma lenta…, una vez, y luego se tornó como un tiovivo mientras cogía velocidad. 

Mientras el tornado nos alejaba de las manos extendidas del tío Henry, sus ojos ampliamente abiertos se llenaban de lágrimas, y las ráfagas hacían ondular sus mejillas emblanquecidas como las sábanas del tendedero. Sus labios se movieron cuando gritó, pero el tornado arrancó las palabras de su boca tan fácilmente como había levantado nuestra cabaña de sus cimientos con nosotros dentro. Mientras el tornado nos llevaba hacia arriba, dejó a tío Henry peleando contra el viento a la vez que se abría paso para bajar por la escalera a la oscuridad del sucio sótano. Desde lo alto, contemplamos al hombre que había sido un padre para nosotros dos. Dos ojos tristes y conmovedores atrapados en un rostro de temor y horror fue mi último recuerdo de aquel buen hombre. 

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Dorothy le lanzó besos hasta que desapareció dentro del sótano. —Él está a salvo, Toto —dijo ella mientras me alzaba y me abrazaba—.  Le vi bajar la escalera.

 La cabaña siguió elevándose…lenta…, y terriblemente. Si hubiera estado cerrada la trampilla, yo habría considerado todo este asunto del tornado una tontería, producto de mi imaginación fantástica. Pero, vimos un tractor marca John Deere pasar flotando por delante de nosotros y chocar contra un gallinero que giraba sobre sí con gallinas mareadas que cacareaban y revoloteaban. Luego, una ráfaga nos elevó más allá de toda visibilidad a la turbulencia grisácea formada por las nubes, el polvo y la tormenta. Aunque no había nada que ver, me estremecí cuando la turbulencia al exterior de nuestra puerta abierta de la trampilla, cambió de un gris humo a negro, un tono negro muy intenso. 

—¿Y ahora qué hacemos, Toto? —gritó Dorothy—.  Cual bestia herida, el viento aúlla como un demonio y no logró ver nada. 

El destello de un relámpago iluminó los ojos brillantes de Dorothy. 

—¡Me siento tan estúpida, Toto, y tan egoísta! El tornado se llevó nuestra cabaña con nosotros dentro. Yo, probablemente, hice que le diera un infarto al tío Henry… y… puse a todos nosotros en peligro… por un estúpido estuche de maquillaje. 

Los hombros de mi pequeña se pusieron fláccidos y el pesar creó una mueca en su rostro, pero el remordimiento que reflejaban sus ojos me hirió el corazón. Hice todo lo que pude, le lamí la mano… pero tuve que reconocer que estaba de acuerdo con lo que dijo ella, y continué loco de rabia. 

Durante lo que pudieron haber sido horas, la tormenta nos llevó sin sacudidas ni empujones. Sentí que me mecían con suavidad, como a un bebé en una cuna. Gradualmente, me sobrevino el agotamiento y me sentí demasiado cansado para estar aterrorizado. 

—Si supiera que aterrizaremos sanos y salvos, Toto, de veras que podría disfrutar de flotar, como lo estamos haciendo. Esto es tan apacible —dijo Dorothy bostezando. Me metió bajo su brazo y se abrió camino arrastrándose por el suelo hasta su cama que se hallaba en un rincón. Su tranquilidad era transitoria. Desde ese momento y hasta que nos quedamos dormidos, Dorothy se reprendió una y otra vez y se preocupó mucho por su tía y su tío. 

—¡Puedo ver de nuevo, Toto! —dijo ella tiempo después de un intermitente dormir y despertar—. Mira la trampilla. 

Era verdad, lo pudimos ver, pero sólo cuando el rayo de un relámpago iluminó el cielo. Quizá estaba cerca el amanecer y, si esto de algún modo hacía más feliz a Dorothy, por mí estaba bien. Pero el viento retomó fuerza de nuevo. Se agitaba y silbaba mientras atravesaba las paredes de madera de la cabaña. La cortina que quedaba colgando sobre una ventana bien cerrada ondeaba con fiereza. Pensé en la tía Em cuando sacudía el polvo de la alfombra: zas…zas…zas

 

Las corrientes de aire cruzadas nos azotaban, nos hacían cosquillas y nos causaban molestia. Algunas eran frescas y suaves mientras que otras nos mojaban. Dorothy se estremecía y se abrazaba a su vestido dominguero. Las ráfagas de viento contra nuestra cabaña amainaron. Resultó imposible permanecer despierto. Nuestro estrés y temor nos vencieron. 

 

—¿Qué fue eso? —preguntó Dorothy mientras se despertaba bruscamente de un sueño agitado. 

 

Los sonidos eran terribles y asustaban, pero un temor mayor provenía de no saber qué los causaba. Mientras el viento golpeaba los restos de cortina que quedaban, el destino, por su parte, azotaba nuestra determinación. ¿Cuánto más podríamos soportar? ¡Nuestros nervios ya habían sufrido bastante! 

 

Alguna cosa viva está produciendo esos sonidos… —dijo Dorothy—. Pero, ¿qué criatura podría vivir en medio de un tornado? 

Nuestro mundo estaba tranquilo otra vez. Mientras yo me relajaba, una percusión arrancó el aliento de mis pulmones y casi me hizo sentir pánico. No eran ni campanas, ni tambores, sino el sonido hueco de un distante presentimiento que clamaba con soledad de desamparo, una soledad que me llenaba de desesperación. Rascando por encima de la cabeza, como si las uñas de unas manos sobre una pizarra interrumpiesen mi miseria. Luego, pisadas…  distintas, sólidas y firmes, marchaban despacio cruzando el tejado, bajando, luego por el costado de nuestra cabaña.  

 

Alguna cosa —susurró Dorothy—, se está moviendo en dirección a la puerta de la cabaña. 

 

No pude controlar el temor que surgía dentro de mí. Este reemplazó el calor que alimentaba mi ira con un sentimiento de desesperación que todo lo devoraba. Como si estuvieran electrificados, los pelos de mi cuello se ondulaban a lo largo de mi espina dorsal. Mi nariz olfateaba en busca de peligro, pero todo lo que podía oler era mi propio miedo, rancio y agrio. 

 

Toc…toc…, y después un golpeteo…, alguna cosa metálica y un golpe hueco sobre la puerta de nuestra cabaña. Este no era el toque amistoso de un huésped al que se espera, sino de uno rápido e impaciente. Dorothy se quedó mirándome fijamente con los ojos muy abiertos. Yo gruñí de forma salvaje. Instintivamente, me moví entre ella y la puerta. Aunque mi temor casi me llevo a la locura, hice lo que pude para no temblar. Tenía que ser fuerte por Dorothy.  

 

Los tablones de la puerta se arqueaban y crujían. Los dos retrocedimos. Con un gran chasquido, la puerta se combó y se abrió de golpe, pero sus bisagras se mantuvieron en su lugar y eso, de por sí solo, impidió que fuéramos aplastados. 

 

—¿Pudo ‘ntrar

 

Dorothy y yo miramos fijamente. 

 

—¿Pedo entrá

 

Era una vaca: una vaca que pesaba cientos de libras. En su boca, esta vaca lechera Holstein, común y corriente, blanca con manchas negras, sostenía el asa de un balde de leche. Esto, por supuesto, explicaba su incapacidad para hablar con claridad. 

 

Con considerable esfuerzo, desde el porche, empujó su voluminoso cuerpo a través de la puerta de la cabaña. Actuando como si fuera la propietaria del lugar, puso el balde en el suelo, y se apoyó contra la pared más cercana. Respirando con dificultad, dijo—: Siento haber irrumpido de este modo, pero, ¿qué otra cosa podía hacer?

 

—¡Eres una vaca que habla! —dijo Dorothy. 

 

—Ah, y yo puedo ver que tú eres una niña… discúlpeme… una bella joven con un agudo sentido de la observación, —replicó la vaca con voz muy baja—, pero el punto es m-m-m-u-u-u-u-h. 

 

—Estoy tan agradecida de que hayas resultado ser una vaca que habla —dijo Dorothy con un gran suspiro que alejó el temor de su rostro—. Con todos esos horribles sonidos y el golpeteo, raspaduras, embates y traqueteo, Toto y yo estábamos esperando a que alguna cosa terrible entrase por la puerta. ¿Todo ese alboroto era tuyo? 

 

—Cuando Jim y yo estábamos fuera, no vimos a nadie más —respondió la vaca. 

 

—¿Cómo llegaron acá? —preguntó Dorothy—. Y, ¿quién es Jim? 

 

—Jim, es el mejor ordeñador que he tenido alguna vez y, donde vivo, él me estaba ordeñando y estaba a punto de terminar. De repente, se escuchó un sonido como el de un tren procedente del Hades. «Eso debe ser un tornado», gritó Jim. Sin más advertencia, el techo del granero que estaba sobre nuestras cabezas desapareció, el pajar se desintegró y el tornado nos aspiró a nosotros dos como si no pesásemos más que dos pelusas de polvo. Mientras el tornado nos arrastraba, Jim metió el asa del balde de leche en mi boca. Con una mano, él sujetaba su taburete y con la otra, mi cola. ¡Qué paseo! 

 

—¿Está Jim…ahí afuera todavía? —preguntó Dorothy con el ceño fruncido mientras examinaba la tormenta con cautela. 

—No, él no ha regresado aún —dijo la vaca con su suave voz. 

 —¿A qué te refieres? —preguntó Dorothy. 

—Por cierto, mi nombre es William. Como iba diciendo, este tornado nos aspiró como a un gusano. Jim y yo estuvimos en el tornado por largo tiempo antes de chocar contra el costado de la cabaña de ustedes. Jim tenía su taburete y, como pueden ver, yo tenía mi balde —dijo la vaca William asintiendo con su cabeza.  

 

—Antes de eso, fuimos retorcidos, giramos, dimos vueltas y rebotamos de acá para allá por largo tiempo, de hecho, fue por tanto tiempo, que yo estaba lista para ser ordeñada. Afortunadamente, la tormenta nos empujó hasta su cabaña y, con considerable dificultad, logramos llegar al techo. Aunque el tornado estaba todo en derredor nuestro, el techo, en realidad, estaba bastante tranquilo y apacible. Siendo Jim un chico considerado, me complació amablemente cuando le sugerí un ordeño. Eso fue maravilloso —dijo William mientras pestañeaba con sus grandes ojos castaños—. Se sentía tan bien llenando ese balde. Jim dijo que se sentía estupendo estar sentado en su taburete sin ser zarandeado por la tormenta. 

 

Tu cola es mejor que cualquier cuerda, William. Asegúrate de mantenerla a mano —dijo él.

 

—Poco a poco, el balde se llenó y yo aún tenía leche para llenar otro balde. Si saben algo sobre nosotras, las vacas lecheras, sabrán que la mayoría de nosotras somos vacas de dos baldes, que es precisamente lo que soy yo —dijo William con la mayor naturalidad. 

 

—Como iba diciendo, Jim de inmediato reconoció que teníamos un dilema al tener un sólo balde siendo yo una vaca de dos baldes. Jim, siempre rápido para tomar una decisión, saltó en el acto del tejado e ingresó nuevamente al interior de la tormenta. Con un elegante gesto de adiós con una mano, y su taburete en la otra, las últimas palabras que gritó fueron: «Volveré». Habiendo desaparecido Jim y oyendo yo las voces de ustedes dentro, no iba a pasar la noche sola. Así que…aquí estoy. Perdí mucha de la leche, pero quizás… —William hizo una pausa y caminó hasta adonde había dejado el balde…. —Sí, todavía tengo un cuarto de galón de leche, más o menos. Así que, después de todo, el día no fue una pérdida total. 

 

—Uf, es una lástima que Jim tuviese tanta prisa —Dorothy recuperó un balde de un armario. —Como puedes ver, William, sí tenemos un balde extra aquí mismo. 

 

—Si tan sólo lo hubiera sabido —dijo William sacudiendo su cabeza—. Amable señorita, ¿a quién tengo el honor de dirigirme? 

 

—¡Oh! Por favor, disculpe mis modales… mi nombre es Dorothy, y él es Toto. 

 

—Dorothy, que nombre tan encantador y, ¿este pequeño es Tu Tu? 

 

—Ustedes pudieron haberme derribado con una galleta de mantequilla de leche, porque fui yo quien respondió a la vaca: —No, soy To-To. 

 

Dorothy retrocedió, apartándose de mí como si yo tuviera una infestación de pulgas. Se tapó la boca con las manos ahuecadas y se quedó mirándome con fijeza, en silencio, con los ojos ensanchados. Tomé aquello como una señal para proceder, pero ella me cortó mientras yo me aclaraba la garganta.  

 

—Toto…si puedes hablar… —prosiguió ella con una risa histérica—. Entonces, o estoy soñando, o estoy muerta. 

 

Dorothy continuó hablando sobre estar ella perdiendo la cordura, pero como aquello en realidad no tenía nada que ver conmigo, consideré el asunto en cuestión, que era precisamente esta vaca lechera. A diferencia de Dorothy quien era excesivamente confiada, yo era un poquito escéptico… y estaba confundido. Ésta con seguridad se parecía a la vaca lechera de mi sueño, pero puse aquello a un lado, como algo incidental y volví a reflexionar sobre el increíble cuento de William. Revisé los hechos: estamos en una cabaña, en un tornado, con un perro que habla con una vaca que había sido ordeñada sobre nuestro tejado, y que aún tenía un cuarto de galón de leche para demostrarlo. Recordé la sabiduría de mi mentor, el tío Henry. Hay una mosca en el ungüento. Puedo ver la onda en el ungüento, pero no puedo ver la mosca. 

 

Algo andaba mal… pero yo no podía asegurarlo. Sin embargo, el misterio más grande en mi mente era el nombre de la vaca. ¿A quién se le ocurriría ponerle de nombre William a una vaca? 

 

A pesar de estas preguntas sin respuesta, en ese momento necesitábamos organización y liderazgo. Por lo tanto, audazmente di un paso adelante. 

 

—Necesitas recordar tres puntos, William, y todos nos llevaremos bien —con un tono de autoridad que no sentía, proseguí—. Primero, yo estoy al mando. Si te digo que saltes sobre la luna, lo haces. Segundo, por favor, cierra la puerta, afuera hace viento. Tercero, yo estoy a cargo de toda la leche que Dorothy te extraiga, y, cuarto, si tienes alguna pregunta consulta el punto número uno. 

 

—¡Qué grosero de mi parte! Se podría pensar —dijo William, cerrando la puerta de la cabaña con su cola—, que fui criada en un granero. Por otra parte, perrito, puesto que soy una vaca, nunca he sido líder, porque las vacas no saben dirigir. Por tanto, me alegra que alguien tan diminuto como tú tenga el ego, la fortaleza y el valor para cuidar de mí. En segundo lugar, yo no produzco leche para mí, sino para compartirla. Mi granjero decidió para quién y hacia dónde iría mi leche y hasta que yo regrese a mi granja, ese honor es ahora tuyo. Estoy contenta de compartir mi leche. Por último, es muy improbable que yo vaya a hacerte alguna pregunta —con una mirada arrogante y una dulce sonrisa, William dijo—: Te juro por mi vida, que no puedo pensar en ninguna cosa que tú, posiblemente, pudieras saber, que yo no haya aprendido ya. 

 

Estaba claro que yo no estaba tratando con tan sólo otra vaca tonta. William era una digna adversaria, pero sus modales eran amables y respetuosos. Abrigué la esperanza de que, mientras yo estuviera al mando, nos llevaríamos bien.  

 

Durante este intercambio, Dorothy se quedó sin palabras, con los ojos muy abiertos, —Toto, me debo estar volviendo loca… tú sigues hablando… palabras. 

 

—Tú tuviste una conversación con la vaca —dije yo—, y en ningún momento lo dudaste. ¿Qué hace que yo sea diferente? 

 

—He vivido contigo desde que era pequeño y jamás dijiste una palabra. ¡Acabo de conocer a William esta noche! No entiendo lo que  no entiendes.  

 

Mientras yo meditaba en la lógica de Dorothy, surgió un pensamiento en mi cabeza. El tío Henry era un hombre callado y hermético. ¿No sabría él qué decir? 

 

En cualquier caso, Dorothy continuó hablando de una cosa y luego de otra. Ahora que yo, por fin, podía hablar, no tenía oportunidad de hacerlo; ella no dejaba de hablar… ni siquiera para respirar. 

 

—Fuiste muy grosero con William. Estoy decepcionada de que las primeras palabras que salieron de tu boca fueran severas y reprochables. 

 

Puesto que yo no había nacido el día anterior, sabía que no debía discutir. Además, mi interés era por aquel balde de leche. 

 

—De acuerdo —dije con un meneo de mi cola—. Ahora, que puedo ser comprendido, prometo intentar sopesar mis pensamientos antes de lanzar mis palabras. Compartamos el poco de leche que queda en el balde… con permiso tuyo William —solicité. 

 

—Buen perro, Toto —dijo Dorothy. Ella me levantó por encima de ella, frotó su nariz con la mía y me puso debajo de su brazo. 

 

—Que disfruten —respondió William—. Esperemos que el día de mañana nos encuentre vivos, refrescados y de vuelta en el punto en que comenzamos. 

 

William descansaba en el piso, mientras rumiaba ruidosamente la comida de un día mucho mejor.

 

—Buen perro y buenas noches —dijo William con una amplia sonrisa. 

 

El piso se balanceó. Dorothy se dirigió a su cama, llevándome en sus brazos, y yo me acurruqué a su lado. Mecido por el suave vaivén de la tormenta y los calmantes susurros de sus agonizantes vientos, nos quedamos dormidos. 

 

 

Capítulo 2: ¡No Se Pare Bajo el Manzano con Nadie!

 

Un grito agudo irrumpió en mi reparador sueño de belleza. Con un cansancio extremo, abrí mis ojos. El techo de plancha maltrecha de nuestra cabaña no pudo proteger mis ojos de los brillantes destellos y rayos de luz solar que se filtraban.

 

Entonces, oí a una mujer decir con una carcajada—: ¡Toma eso, engendro de sapo!

 

Me paré, sacudí los pliegues de mi cuerpo maltrecho, y a través de mis ojos soñolientos, vi a William descansando en el suelo en un ángulo extraño y todavía rumiando satisfecha. Alguien… en algún sitio, gruñía y maldecía. Con orejas atentas, nos miramos mutuamente.

 

En aparente dolor, una mujer chilló—: ¡Y tú siempre has sido el trasero del ojo de tu madre!

 

Salté de la cama y troté hacia la abertura en el piso. —La trampilla ha desaparecido —dije mientras miraba abajo con cautela.

 

—Ahhhh —con una voz de dolor y furia, la otra persona devolvió el cumplido—. ¡Y tú, Agnus, nunca serás la mitad de mujer que fue tu padre!

 

William se había acercado a la ventana y apoyaba su cuerpo contra la pared de la cabaña mientras devoraba, a través de la ventana abierta, las hojas del árbol que se hallaban afuera. —¿Quién grita? —preguntó ella.

 

—No tengo ni idea, pero eso constituye el menor de nuestros problemas —dije—. Siento decir que nuestra cabaña descansa en la horquilla de ese magnífico árbol, que está a unos veinte pies del suelo.

 

William era una comensal descuidada y la mitad de las hojas que arrancaba del árbol caían de su boca encima de Dorothy quien dormía plácida y profundamente en su cama bajo la ventana.

 

—¿Cómo te atreves, Dilibus, a difamar a mi familia? Fíjate, primero, en tu propio árbol genealógico. ¡Sin duda, es un cactus ya que cada uno de los que están en él es un aguijón!

 

El familiar chisporroteo de un rayo llegó tras el último insulto y yo me acurruqué anticipándome al inevitable trueno que seguiría. En lugar de ello, fui bendecido con un terrible grito. Si hay algo que un perro odia, son los truenos. Los relámpagos no son nada, pero un trueno nos pondría a aullar toda la noche con la cola entre las patas.

 

Una de las aguerridas contendientes jadeaba como si el aire le hubiese sido arrancado de sus pulmones. Sin embargo, se las arregló con dificultad para expresar otra mofa—: Tú Agnus, ruca tosca y verrugosa. ¿Es verdad que buscaste obtener los favores del Mago sirviendo de sifón para su fosa séptica real?

 

—Ahora puedo verles, William. Una de ellas está bloqueando a la otra y están casi debajo de nosotros. Ven, mira esto.

 

William suspiró y arrancó un gran bocado de hojas como provisión para su recorrido a través de la cabaña. Una rama pequeña golpeó la cabeza de Dorothy antes de que William pudiese jalarla al interior de su boca ayudado con su enorme lengua que parecía un trapeador.

 

—Déjame dormir —murmuró Dorothy, mientras jalaba una manta sobre su cabeza.

 

—Hay dos ancianas peleándose allí —dije con orejas atentas. Sus gritos eran cada vez mayores e iban subiendo el tono de las palabras, aparentemente buscando igualar sus molestias y sufrimiento.

 

—No hay nada peor que solteronas viejas y enfadadas —señaló William—. Harán que tu leche se cuaje. ¿Qué están haciendo?

—No mucho, agitan sus bastones la una a la otra y luego, gritan de dolor. ¡Es gracioso! ¡William, mira!

—A-a-a-y-y-y —aulló Dilibus mientras se desplomaba sobre sus rodillas. Enderezándose, agitó sus manos alrededor como si estuviese persiguiendo moscas y dijo—: ¡Al menos mi certificado de nacimiento no fue elaborado como una disculpa para todo el mundo!

—Muévete —dijo William mientras se abría paso para ver mejor. La cabaña crujió y se combó bajo su gran peso.

A través de la trampilla asomó su enorme cabeza, dejó de rumiar y se metió el gran manojo entre su mejilla y sus encías. —Esas son brujas, Toto, y están peleando. Sus armas son varitas mágicas, no bastones.

—En una ocasión vi una pelea. Es mejor que creas que serías la hazmerreír del gran Estado de Kansas si peleases agitando pequeños bastones como esas mujeres. ¿Cómo sabes que son brujas? —pregunté.

—Por sus sombreros, capas, zapatos en forma de medias, y su actitud perversa —respondió ella—. Déjame darte un mejor ángulo de visión, Toto. —Con su lengua, William arrancó un enorme bocado de hojas de la rama obstructora. Mientras estudiaba a las combatientes, William empezó a acezar, respiraba con dificultad y parecía que estaba a punto de asfixiarse. Ella iba a explotar del atracón, o moriría por comer hojas y ramas venenosas. Pero nada de eso sucedió, el terrible ruido sólo era su risa, una risa ahogada que sonaba como un pollo asfixiándose. El hecho resultó gracioso una vez que me di cuenta de que ella viviría. Añádale a eso las tonterías de esas necias mujeres que agitaban bastones, y a pesar del evidente dolor y sufrimiento, me reí hasta que las lágrimas me impidieron ver. La risa es adictiva y William no fue capaz de resistirse. Jadeando para respirar, sus patas traseras cedieron, dejándola sentada sobre su trasero... de la misma forma en que se sienta un perro.

La bruja Agnus nos oyó, puso una cara el doble de fea, nos maldijo y agitó su varita en nuestra dirección. El bello árbol que apaciblemente nos mecía, se sacudió de un modo terrible. Un instante después, nuestra cabaña se deslizaba hacia el suelo. Lo que vino después fue como un sueño en cámara lenta.

William se inclinó hacia adelante y fue arrancando el follaje mientras la cabaña se caía. Mientras Agnus miraba nuestra caída con ojos crueles y una mueca maligna en sus labios, Dilibus la embistió por detrás… y empujó a Agnus hacia debajo de nuestra cabaña en descenso.

Con sus grandes ojos ensanchados, William dijo—: ¡Oh-oh!

 

Capítulo 3: ¿Qué Bruja Era Cuál?

Tan repentina y severa fue la sacudida producto del aterrizaje de la cabaña que podría haberla herido, pero, para mi asombro, ella siguió dormida sobre su mullida cama. Afortunadamente, la cabaña permaneció intacta en su mayor parte y, ya que la caída golpeó la puerta principal desprendiéndola parcialmente de sus bisagras, yo caí ileso sobre el suave césped.

William se incorporó sobre sus patas traseras y me siguió. Mirando alrededor, ella dijo—: ¿Dónde están las brujas?

—Una probablemente está debajo de nuestra cabaña y la otra… ¿quién sabe?

—Huelo a agua —dijo William.

—Tienes razón y hacia ese arroyo de allá me dirijo. —Con un meneo de cola, añadí—: ¿Quieres venir?

—No —dijo ella—. Veo al frente una perfecta porción de césped cual delicia.

El arroyo era musical. Bebí tranquilamente, miré en derredor, volví a beber y levanté la vista nuevamente. A diferencia del sombrío y desolado Kansas, con sus limitadas plantas y típicas esporas animales, este lugar asaltaba mis sentidos. El dulce perfume de un colorido abanico de flores como el arco iris y el aroma del verde penetrante de las algas con ligeras vetas moradas me hacían cosquillas en las amígdalas. Los olores ligeramente acres y terrosos de los animales, sin miedo, ni precaución alguna, ensancharon mis ojos de asombro.

Regresando a la cabaña, revisé cómo estaba Dorothy, y luego tomé el sol tranquilamente junto a la puerta disfrutando de los cálidos y vigorizantes rayos solares. Este fue un día perfecto. Las mollejas lo habrían hecho cien por ciento perfecto, pero perfecto seguía siendo muy bueno.

Dorothy interrumpió mis pensamientos ociosos con un grito de asombro. Parada en el marco de la puerta, ella me saludó con un suspiro cuando sus inocentes ojos castaños contemplaron el maravilloso paisaje. Me satisfizo ver su asombro, su bella sonrisa y su frente, sin líneas que denotasen temor ni preocupación. Sin embargo, su tranquilidad no duraría mucho, y eso me entristeció en gran manera. Pronto, se recuperaría de la sorpresa del exuberante paisaje a su alrededor y del alivio de aterrizar ilesa. Luego, ella haría cuanto estuviera en su poder por encontrar al tío Henry y a la tía Em para saber con certeza que estaban a salvo.

—Toto, sueño que estamos vivos, estamos bien, y hemos aterrizado en un lugar de maravillosa belleza.

—Es hermoso, en verdad —respondí—. Nuestro aterrizaje fue interesante y es un cuento para otro día.

—Nunca, nunca, nunca jamás, me acostumbraré a oírte hablar —dijo ella sacudiendo la cabeza y frotándose los ojos.

—Guau, guau —ladré yo. Compartimos una carcajada con Dorothy que fue dulce como una campanilla.

 —¿Qué te parece esta finahierba? —dijo Dorothy mientras observaba a William pastar en la gruesa alfombra de vegetación—. Y yo veo mi desayuno —dijo ella mientras señalaba a un bosquecillo de majestuosos árboles de los que pendían grandes y deliciosas frutas. Primero, necesito lavarme. Buenos días, William —dijo Dorothy al pasar delante de William en dirección al pequeño arroyo que yo había disfrutado más temprano.

—Escucha, aquí salpica y tintinea como el anillo de una campanilla de cristal —dijo ella con unos ojos enormes—. ¿Suenan así todos los arroyos, Toto? —Pensé que yo había tenido suerte cuando, en una ocasión, había visto un arroyo en Kansas.

—No, no lo hacen —respondió William—. El tintineo es una anomalía causada por la corriente que arrastra pesados guijarros sobre rocas cristalinas, es probable que la mayoría de ellas sean cuarcita. Si ese sonido te agrada, da las gracias a que haya un desencanto molecular entre los dos.

 

—Gracias William, más tarde me puedes contar de qué estás hablando, pero ahora mismo, estoy feliz sólo de estar sentada a la orilla.

 

El resto del día, lo pasamos la mayor parte en un silencio de gratitud. ¿Habría sobrevivido alguien más en la historia de Kansas a una tormenta así?

 

Más tarde, hicimos una fogata y descansamos cómodamente al lado de ésta.

 

—Puedo decir, por tus melancólicos ojos, Pequeña Dorothy, y la tristeza de tu voz, que estás preocupada por la tía Em y el tío Henry. Mañana —añadí—, necesitaremos averiguar cómo llegar a casa.

 

—Sé que deben estar muy preocupados por mí. Si tan sólo pudiera hacerles saber que estamos vivos y bien… —Líneas de preocupación reemplazaron la expresión de satisfacción que tenía antes Dorothy.

 

—Quizá podamos, o quizá Kansas esté más cerca de lo que pensamos —dije—. ¿Qué te parece, William? ¿Quieres irte a casa?

 

—Mm-m-m-m —dijo William con la boca llena—. Me gusta mucho Jim, el chico de quien les hablé que vino conmigo…, su mamá también es agradable. Pero…, nunca comí así de bien en casa…. En Omaha, uno debe ser diligente vigilando los insectos. Ya he llenado uno de mis estómagos y todavía no he tragado ningún insecto, ni he maldecido zumbido alguno. Este tornado me llevó a verdes pastos y me puso junto a aguas tranquilas. ¿Qué más podría esperar una vaca?

 

William era un misterio. Tuve la esperanza de que no fuera una evangelizadora fanática. Sin duda, era divertida, su actitud pacífica calmaba mi nerviosismo, y a Dorothy también le gustaba. Pero… ¿quién ha oído alguna vez hablar de una vaca llamada William? Eso no me terminaba de cuadrar, y justificaba la atención y sospecha que yo le confería, pero me propuse llegar a la fuente de ese gran misterio cuanto antes mejor. ¿Quién sabe qué otros secretos podría estar ocultando ella?

 

______________________________

 

Al día siguiente, William se despertó antes que Dorothy y que yo. Ella estaba haciendo lo que mejor sabía hacer, pastar. Más tarde, observé mientras Dorothy la ordeñaba. —Si hemos de llevarte a casa, Dorothy, la carretera nos llama. Pero…, no tengo ni idea de por qué camino ir….

 

—Mira —dijo Dorothy.

 

Levanté la mirada y me encontré con un grupo de personas con vestimenta colorida caminando hacia nosotros. Ambos, hombres y mujeres casi del mismo tamaño llevaban botas, sombreros, pantalones, camisas y overoles azules. Había una excepción; una anciana —ella usaba una capa oscura—. Su rostro tenía más arrugas que una camisa de algodón sin planchar y su cabello cano era del color blanco de un vestido de novia. Además, yo estaba seguro de que esta anciana era la bruja que empujó a la otra debajo de nuestra cabaña. ¿Dónde estaba a la que había empujado? Me estremecí… tal vez ya había respondido a mi propia pregunta, pero para este momento, yo había percibido probablemente el olor de la putrefacción….

 

A medida que esas personas se acercaban a nuestra cabaña, dije—: Levántame, Dorothy y métete en la cabaña hasta que estemos seguros de que traen buenas intenciones.

 

Ellos se detuvieron un momento y susurraron entre sí, como si tuvieran miedo de avanzar más. Sin embargo, la bruja se acercó a nosotros, hizo una leve reverencia ante Dorothy y, luego, se volvió hacia el hombre de baja estatura que había a su lado.

 

—Sea bienvenida, la Hechicera más noble, a la tierra de los Munchkins —dijo el hombre bajito—. Le estamos tan agradecidos por haber matado a la Bruja Malvada del Este, y por liberarnos de la esclavitud.

 

La mandíbula de Dorothy rebotó de su pecho. El pelaje de mi cuello se crispó. ¿Qué es lo que pasaba? ¿Por qué culparía él a Dorothy, una inocente niña inofensiva de quince años, por el acto cobarde que había cometido la anciana que estaba junto a él?

 

Dorothy frunció los labios y negó con la cabeza mientras decía—: …Son ustedes muy amables al darnos la bienvenida, pero debe haber algún error. Yo no he matado nada.

 

—De todos modos, su casa lo hizo —respondió el sujeto arrugado, —y eso es lo mismo. ¡Mire! —dijo ella al señalar a la esquina de la casa—. Ahí están sus dos pies, aún sobresaliendo por debajo de aquel bloque de madera.

 

Si aquellos botines plateados pertenecían a Agnus, ¿cómo podía una mujer con una boca tan grande tener unos pies tan pequeños? Antes de poder formular esa pregunta, Dorothy me cortó.

 

—¿Esas cosas plateadas son…son sus pies? ¡Eso es terrible! —gritó Dorothy. Sus ojos se ensancharon mientras se tapaba la boca con las manos. —No hay nada que hacer —dijo el viejo saco de huesos—. Ella era la Bruja Malvada del Este, como dije. Mantuvo en esclavitud a todos estos pobres Munchkins por muchos años, haciéndolos sus esclavos noche y día. Ahora, ellos son libres y le estarán por siempre agradecidos.

 

Mientras la multitud se inclinaba y hacía reverencias una y otra vez, con sombreros en sus manos, yo busqué signos de esclavitud y cautiverio, pero no encontré ni magulladuras por supuestas cuerdas en sus muñecas, ni marcas de grilletes ni de cadenas en sus tobillos.

 

—¿Es usted una Munchkin? —preguntó Dorothy a la anciana.

 

—No, pero soy amiga de ellos. Mi nombre es Dilibus; Yo soy la buena, la Bruja Buena del Norte y estas buenas personas que me acompañan son los Munchkins.

 

Un profundo rugido desde el interior salió como un gruñido… si ser una “bruja buena” quería decir empujar a la gente debajo de cabañas que caían, yo estaba agradecido de no haber conocido nunca a aquella bruja mala que había muerto. Hasta que descubriese a qué juego estaba jugando esta Bruja Buena, juré no confiar en ella.

 

—¡Oh, Dios mío! —gritó Dorothy—. ¿Es usted una bruja de verdad?

 

—Ella es una mentirosa… y algo aun peor —susurré—. No confíes en ella.

 

Los ojos del Munchkin se abrieron tanto que duplicaron su tamaño, sus mandíbulas estaban desencajadas y se quedaron mirándose de forma estúpida entre sí antes de fijar su vista en mí.

 

Dorothy me lanzó una mirada de curiosidad y frunció el ceño.

 

—Sí, de verdad —la mujercita me lanzó su mal de ojo—. Como dije, soy una bruja buena y la gente me ama. Yo no era tan poderosa como la Bruja Malvada que gobernaba aquí, o de lo contrario, yo misma habría liberado a la gente.

 

Dorothy se puso tiesa y dijo estremecida: —Pero yo pensé que todas las brujas eran malvadas.

—Oh, no, ese es el gran error. En toda la Tierra de Oz, quedan tres brujas de las nuestras. La Bruja del Sur que también es buena y la tercera es la Malvada Bruja Negra del Oeste. Si no fuera así lo que digo, ¿sería feliz este pequeño pueblo? —preguntó ella con una amplia sonrisa que me recordó a la de un castor, un viejo y aterrador castor.

—¿Tiene aceite de serpiente para vender? —le pregunté con un gruñido. Me sentía con aires de superioridad conociendo su secreto oscuro y asesino, y también disfrutaba de la reacción del Munchkin.

—Pero —dijo Dorothy después de golpearme en la cabeza rápidamente—, tía Em me contó que las brujas habían muerto todas--hacía muchos, muchos años.

—¿Quién es la tía Em? —preguntó el hombre bajito girando la cabeza.

—Ella es….

La pequeña charla y las cortesías continuaron por algún tiempo. Al igual que el tío Henry, yo no tenía tiempo ni paciencia para pequeñas charlas. Además, estaba preocupado por esta Bruja mentirosa, así que me fui moviendo hasta que Dorothy me puso en el suelo y, luego, fui trotando hacia William. Decidí dedicar algunas de mis células cerebrales a la seriedad de este asunto y pedirle disculpas a William.

—William –dije—, aquí tenemos una situación.

—Mmmm —respondió mientras jalaba un bocado enorme de vegetación de la exuberante alfombra de césped.

—Aquí está la cuestión. Esa anciana alega ser la bondadosa Bruja Buena del Norte. Ella es la que empujó a la otra debajo de nuestra cabaña, pero le está echando la culpa a Dorothy. Tú la viste empujar a la otra, ¿cierto?

 

—Mmmm —respondió William sin perder bocado.

 

—La situación es complicada, porque no estoy seguro de si la matanza fue una cosa mala o buena, ya que los Munchkins no están molestos por la bruja muerta que yace debajo de nuestra cabaña. Con qué fin, no lo sé, pero la Bruja Buena está llamando hechicera a Dorothy. Ella está hablando de Dorothy como si fuera una poderosa asesina del mal y heroína por matar a la Bruja mala. De forma que esta es la indecisión en la que nos encontramos: ¿Confrontamos a la desagradable y loca Bruja del Norte, o nos callamos y mantenemos lo que aparenta ser una imagen pública muy positiva?

 

—El inconveniente, tal como yo lo veo —continué—, es la consecuencia de que Dorothy sea culpada del acto malvado de esa vieja víbora. ¿Cuáles son tus reflexiones sobre este asunto, William? —Yo…esperé… y esperé.

 

—Esta situación está tan clara como la leche fresca —dijo William. Se empujó un bocado de hierba hacia un lado y continuó—: Una cabaña que cae sobre alguien nunca podría definirse como algo planeado, ni premeditado de modo alguno… un crimen pasional, tal vez, pero ¿premeditado...? Por tanto, teniendo como base las leyes del gran Estado de Nebraska, esto podría verse como un accidente, por lo que haría a todas las partes inocentes. Sin embargo, es probable que no estemos en Nebraska. —Luego, continuó comiendo.

 

—¿Qué quieres decir? —dije.

Después de otros tres grandes bocados, William me lanzó una mirada. Dejó de masticar, aleteó su oreja derecha y dijo—: Uno no debería de comer hierba en una pendiente resbaladiza.

 

Miré a William con recelo…, y respondí—: Pero William, ¿acaso la hierba no se saca de la pendiente?

 

—Mmmm —respondió ella y crispó su oreja izquierda. Luego reanudó su apacentamiento.

 

Si aquella vaca era lo bastante tonta como para sentarse delante de mí con algunas fichas de póquer, sus orejas la delatarían. —Bien dicho, William, no tomaremos ninguna acción en este momento. Pero necesito tu apoyo y tu palabra en dos asuntos. Primero —sostuve mi pata en alto—,  necesito tu respaldo si nos llaman para testificar contra la anciana de allá. Segundo, ¡William...mírame, por favor! ¿Ves mis orejas? ¿Ves cómo las he parado para que se pongan en guardia? Esta es la señal de cuerno. Si alguna vez te hago la señal del cuerno, deberás embestir y topar a quien sea a quien yo te señale. ¿Puedo contar contigo?

 

—Mmmm —William puso los ojos en blanco y siguió arrancando el fino césped verde de la tierra.

 

Esperé…y esperé.

 

 — a lo primero, y tal vez a lo segundo.

 

—¿Tal vez qué? Esto es grave, William”.

 

—Tal vez, si me ordeñas regularmente —habló William lentamente, saboreando sus palabras como lo hacía con su hierba—. La vida es dar y recibir. Tú cuidas de mí y yo cuido de ti.

 

—William lo del cuerno es para la protección de nuestro grupo.

 

—¡Qué perrito tan considerado eres —dijo ella suavemente con su característica humildad y, luego, añadió—, queriendo protegerme…¡o protegerte conmigo!

 

 

Capítulo 4: Las Maravillosas Mollejas de Oz

 

Sacudiendo la cabeza dejé a William pastando. William claramente necesitaba un cambio de actitud. ¡Me preguntaba si parte de su actitud provenía de su nombre…William! Mientras trotaba hacia Dorothy,  pude distinguir voces de una conversación en voz baja.

 

—¿...Oz h?? ¿el magnífico ??ago…ayudando −susurraba la bruja mientras miraba alrededor con cautela—. Más… que todo el resto y ninguno mejor. Allí…, en la Ciudad de las Esmeraldas.

 

El hambre le provoca cosas extrañas a un perro, y yo tenía hambre especialmente de mollejas y el hambre cruzó mi corazoncito de perrito, eso es lo que les oí decir. No fue sino hasta más tarde que lo que yo pensé que había oído susurrar no era nada de lo que se había dicho. Lo que yo malentendí que ellos decían era…grandes porciones de mollejas en la Ciudad de las Esmeraldas…. Naturalmente, con mi comida favorita esperándome, yo estaba ansioso por ponerme en camino. Cualquier carretera que nos condujese a Kansas nos llevaría primero a través de Ciudad Esmeralda.

 

Mientras se me hacía agua la boca y estaba inquieto por ponerme en marcha, ellos conversaban como si les pagasen por cada palabra que hablaban. Cada vez me irritaba más que no se callasen. Cuanto intentaba interrumpir, me interrumpían.

 

Señalando emocionado a la esquina de la casa donde la Bruja Malvada había sido aplastada, uno de los Munchkins gritó—: ¡Habrá magia!

 

La brujita vieja se reía de una forma horrible y se golpeaba las rodillas. —Los pies de la Bruja Malvada están desapareciendo dejando a la vista sólo sus zapatos plateados. Ella era tan vieja que parecía una uva pasa antes de fallecer. Ahora que se ha secado al sol, ¡es una tostada, una tostada de uva pasa!

 

—Las cenizas a las cenizas, el polvo al polvo —gritó un Munchkin.

 

—Todo lo que proviene de la Tierra, pertenece a la Tierra —dijo otro.

 

—No hay tortugas, ni marsopas, ni habeas corpus —dijo William mientras me lanzó una amplia sonrisa y un guiño.

 

Esas banalidades continuaron por un rato hasta que la Bruja Buena las interrumpió—: Ese es su final. Pero los zapatos plateados son tuyos, tú los tendrás para que los uses.

 

Como estaban parcialmente atrapados por la cabaña, ella los liberó de un fuerte tirón, los volteó, los sacudió para quitarles los restos de polvo, y se los entregó a Dorothy.

 

Entre su dedo índice y el pulgar, Dorothy los cogió de Dilibus con la más mínima cortesía.

 

Sacudiéndolos de nuevo y sujetándolos lo más lejos de su nariz como su bracito le permitía, Dorothy arrugó los labios, se pinzó la nariz con la otra mano y con un susurro nasal me dijo—: Desagradable…esto le da al talco para pies un nuevo significado.

 

—La Bruja del Este estaba orgullosa de esos zapatos plateados —dijo el viejo saco de huesos crujientes tras aclararse la garganta ruidosamente—, y aunque hay algo de encanto vinculado con ellos, al parecer no bastó para salvarla.

 

Luego me vino a la mente. William tenía razón. No Habeas Corpus significaba sin cadáver. Sin un cadáver, uno no puede ser culpado por la muerte de otra persona. Así que, sin el cadáver de la bruja, no había pruebas de que hubiera muerto o de que hubiera sido asesinada. Mis preocupaciones de que otros nos culparan por la muerte de la vieja musaraña desapareció junto con mi preocupación por este saco de huesos que culpaba a Dorothy –¡pof!

 

Dorothy llevó los zapatos dentro de la casa y los puso en un rincón alejado. Cuando ella regresó, les dije a los Munchkins—: Estoy ansioso por llevar a Dorothy de vuelta a casa con su tía y su tío. ¿Nos pueden ayudar a hallar el camino?

 

Con ojos muy abiertos, los Munchkins y la Bruja intercambiaron miradas y se encogieron de hombros.

 

—Al este de nosotros, lejos, pero aún en la Tierra de los Munchkins —dijo uno—, están las tierras profundas.

 

—Las tierras profundas —dijo Dorothy con un giro de cabeza—, ¿te refieres a un cañón o desfiladero?

 

—No. —El Munchkin sacudió la cabeza con brusquedad—. Allí el Hacedor levantó la piel del mundo. Como una cáscara afeitada que descansa sobre su manzana, el mundo cotidiano permanece sobre esa cáscara y continúa como siempre. La tierra por debajo de la piel del mundo sigue la curva de la tierra pasando por las localidades de Twi Night, Gloam y Darksville. Más al este, está la Tierra de las Sombras y cuevas, pozos y estanques. Este mundo pertenece a esos seres inferiores y a otras cosas que temen la luz del sol, todo eso, mi Señora, son las tierras profundas.

 

—Igual de desafiantes son las tierras ubicadas en el extremo Sur de aquí —dijo otro—. He estado allí y he visto donde la tierra cesa, mientras una interminable cresta domina la desolación de Tierrallende, una tierra premonitoria de remolinos de polvo, gravilla ocre, y arenas del desierto.

 

El primer Munchkin intervino—: Más allá de Tierrallende del sur, y miles de leguas al oeste, están las temibles Tierras Salvajes. El punto dónde esas “Tierras Salvajes” llegan a su fin, si es que en realidad terminan, se denomina las Montañas de la Locura, hogar y Casa de la Bruja Negra del Oeste.

 

—La Locura, como a menudo se las llama —añadió la Bruja Buena Norteña—, rodea la Casa del Oeste…

 

Otro Munchkin le dio a la bruja una mirada de satisfacción y una sonrisa de comprensión cuando él terminó la frase de ella—: …y son esas las montañas que mantienen las garras del Oeste lejos de la garganta del Norte.

 

El viejo cubo doblado con tapón le dio al hombre un mal de ojo de bruja. Él se inclinó tres veces rápidamente y se lamió los labios mientras se retiraba.

 

—Mi Casa no está amenazada por la Casa del Oeste —respondió ella con una sonrisa púrpura gomosa—.  Sin embargo, son sus grandes picos nevados que besan los cielos y nos separan de la Commonwealth del Oeste, se dice que es ese bastión de los Antiguos en lo profundo, en lo más profundo de la Locura, en el que Génesis empezó con el Vórtice.

 

—A menos que necesitemos saber eso —interrumpí yo—, alguna cosa útil sería… bienvenida.

 

—Calla, Toto. —Me fulminó Dorothy con la mirada—. Esto es importante.

 

Los labios grises, agrietados, se separaron con una sonrisa antes de que Dilibus continuase—: Se dice que el vórtice es un antiguo pozo, la madre biológica de toda forma arcana de misticismo, hechicería y cosas por el estilo. Sin embargo, nadie en Oz sabe lo que hay dentro de la Locura o más allá…excepto quizá, El Mago.

 

Dorothy ladeó la cabeza y poniéndose las manos en las caderas preguntó—: ¿Por qué se les llama Montañas de la Locura?

 

El primer Munchkin miró a Dorothy como si ella fuese la persona más tonta del mundo. —¿Por qué? —respondió él—. Pues, supongo que es porque las Montañas vuelven muy loca a la gente que no las logran atravesar.

 

Mi sorpresa por su respuesta idiota fue interrumpida por los resoplidos y la agitada risa ahogada de William que sonaba como un pollo asfixiándose.

 

—¿Vaca enferma? —dijo la Bruja mientras movía sus manos como lanzando un hechizo… aparentemente para protegerse de lo que fuera que aquejase a William.

 

Dorothy se acercó donde William se había desplomado en una posición de perro sentado, le frotó una oreja y le dijo suavemente—: William... ¿estás bien?

 

—Ella, posiblemente, se haya tragado un insecto —dije yo y con eso ella empezó a asfixiarse de nuevo.

 

La Bruja emitió un suspiro, con una mirada curiosa hacia Dorothy, y una mirada de disgusto hacia William, dijo—: El Norte es mi hogar y mis fronteras también son infranqueables. Me temo, querida, que tendrás que vivir con nosotros.

 

—¿Hay algún modo de llamar a nuestra familia o de enviarles una carta? —pregunté.

 

—Eso es —dijo Dorothy dando una palmada con sus manos—. Apuesto a que hay un teléfono y un telégrafo en la oficina de correos. Si podemos dejar un mensaje allí, se lo transmitirán a la tía Em.

 

—No soy conocedora de las tele… cosas. Sin embargo, no tenemos forma de comunicarnos con quienes viven fuera de Oz —dijo la animosa bruja con seriedad. Después, tomó a Dorothy por los hombros suavemente y la miró a los ojos—. Lo siento.

 

 —¿En qué dirección está la Ciudad de las Mollejas? —solté abruptamente. Ya había sido suficiente… ¿por qué debían seguir hablando ellos?

 

Esa brujita anciana retrocedió y me miró como si yo fuese un tonto—: Oz… ¿estás preguntando por qué camino ir para encontrar a Oz el Magnífico?

 

—Sí. ¿Cómo encontramos la ciudad donde vive este hombre? —pregunté. Pese a la tristeza de Dorothy, en todo lo que yo podía pensar era en lo único útil que dijo ese antiguo saco de huesos: una porción de esas magníficas mollejas.

 

Él vive en Ciudad Esmeralda que es el centro de Oz —respondió la bruja—. Una vez, él fue un hombre, pero se aventuró en las Montañas de la Locura y reclamó el conocimiento del Saber. Si continua siendo hombre, no lo sabría decir, pero es probable que él sea mucho más…

 

—¿Cómo podemos llegar allá? —pregunté.

 

—Deberán viajar un largo camino a través de nuestro país. —Con un misterioso estrechamiento de sus ojos, ella agregó—: Algunos lo encuentran agradable mientras que otros, oscuro y terrible. Sin embargo, para protección de ustedes, yo puedo invocar un encanto no de esta tierra…y no de esta época.

 

—Por favor, venga con nosotros a Ciudad Esmeralda —Dorothy apretó sus manos mientras le rogaba al viejo saco de huesos.

 

—No, no puedo ir ya que tengo asuntos urgentes dentro de mi Casa. Sin embargo, la protección que pongo sobre ustedes será mi beso, y nadie…se atreverá a ir contra alguien que lleva el Beso de la bondadosa Bruja Buena Norteña.

 

 

Capítulo 5: Vaya Hacia El Oeste, Joven Dama, Vaya Hacia El Oeste

 

 

—Usted puede besarme mi cola y tenga por seguro que yo no la movería —dije entre dientes, pero Dorothy me oyó, así como también la bruja.

 

—¡Toto, perro malo! Malo —dijo Dorothy mientras jalaba mi nariz con dureza—. ¡Una cosa más como esa y la primera barra de jabón que encuentre la usaré para limpiar el hollín de tu lengua!

 

Me alegré cuando la bruja se negó a venir con nosotros, y no me importó quién me había maltratado.

 

—Los perros siempre serán perros, querida —dijo la bruja con una sonrisa de complicidad y sacudiendo su vieja cabeza—. De ellos, sé poco, ya que son poco frecuentes en Oz, pero se dice que ladran mucho y son escasos de cerebro y que pasan demasiado tiempo lamiendo lugares por donde no va la gente educada.

 

Ese comentario de verdad que me hizo torcer mi cola. Antes de que pudiera contestar, una terrible irritación reclamó mi atención y mis palabras fueron ahogadas mientras me mordía la parte de atrás de mi pata posterior para aliviar la picazón. 

 

La Bruja se volteó hacia Dorothy, sujetó ligeramente sus mejillas, y besó a mi niña con suavidad en la frente. Capté el olor a carne humana quemada y donde sus labios se posaron, quedó una marca perfecta de lápiz labial color rojo.

 

—Oh-h-h… —exclamó Dorothy. Ella alzó su cabeza de entre las manos de la Bruja y se tocó con cuidado el lugar en que la bruja la besó. 

 

William levantó la cabeza cuando Dorothy aulló y dijo—: …Está rojo… y palpita.

 

—Tal es el precio que debes pagar por mi protección. Tu seguridad vale más que tu vanidad, querida. Por el Beso de la bondadosa Bruja Buena Norteña, todos sabrán que yo estoy de tu lado. Como un faro en la noche, por su radiante encanto, podrás distinguir al amigo del enemigo y estarás a salvo bajo su paraguas protector… Ahora, ustedes preguntaban cómo se llega a Oz —Labios Calientes continuó—. El camino hacia Ciudad Esmeralda está pavimentado con ladrillos amarillos. Cuando lleguen delante de Oz, no le teman, pero sí cuéntenle su historia y pídanle que les ayude.

 

Dorothy hizo su cerquillo a un lado y se frotó la cabeza con cuidado. Con el ceño fruncido dijo—: No tengo ni idea de cómo su… su… beso me va a ayudar.

 

—Con el tiempo la tendrás —respondió Dilibus con los ojos entrecerrados y una amplia sonrisa—. ¡Con el tiempo lo entenderás! —Ella le hizo a Dorothy un pequeño guiño amistoso, dio un giro como un remolino de polvo y desapareció.

 

—Hasta nunca —dije con un susurro… por si acaso ella aún estuviese lo bastante cerca para oír—. Ahora, vamos por algunas mollejas.

 

Dorothy tenía hambre y volvió a la cabaña a buscar algo de comida que pudiese encontrar mientras un grupo de Munchkins se arremolinaban por allí, mirándonos embobados.

 

—Ustedes, Munchkins, ¿no tienen trabajo o familias que les echen de menos? —pregunté.

 

—Sí las tenemos, Sr. Toto, y hemos pedido permiso. Yo, por mi parte, he llamado a mi familia para que se nos una. Nunca antes nos han visitado extranjeros de Kansas… y más aun siendo una de ellos una hechicera.

 

—Toto —dijo Dorothy cuando me llamó para que entrase en la cabaña. Ella sostenía su cesto de tal modo que yo pudiera ver—. Nos hemos quedado sin comida a excepción de este pequeño pedazo de pan.

 

—Qué lástima que esa Bruja no tuviera nada práctico para compartir, como alimentos. Sin embargo, tenemos la leche de William…, y fruta, mira allá. —Me di la vuelta e hice un gesto señalando hacia un grupo de árboles frutales… pero casi no tenían fruto alguno. William tenía la cabeza baja y miró tímidamente en dirección nuestra; sin embargo, pudo arrancar una fruta que colgaba de un lugar de fácil acceso por encima de ella.

 

—¿Qué estás haciendo? —grité—. Este lugar tiene más hierba de la que podrías comerte en toda tu vida. Pero ya te has comido casi toda la fruta, ¿qué va a comer Dorothy?

 

—Oh-oh —dijo William. No obstante, tuvo las agallas de arrancar otra fruta de un extremo cercano—. He acabado todo… no más fruta para mí…

 

—Todavía hay mucha fruta que William no pudo alcanzar. Fruta, leche y pan habrá de bastar, Toto. —Con eso, Dorothy deslizó el asa de la pequeña cesta entre sus dientes y trepó con facilidad a un árbol con la fruta que quedaba.

 

—William, tenemos más fruta de la que podemos comer o llevar…si deseas más —dijo Dorothy mientras echaba su cesta llena de fruta en la hierba suave debajo del árbol.

 

Mientras Dorothy recogía fruta y William se la comía, yo fui a la cabaña para ver qué valía la pena salvar.

 

Quince minutos más tarde, tenía una buena cantidad de provisiones: cuerda, fósforos, cuencos, un cuchillo, un hacha, una manta, ollas y otras cosas más.

 

—¿Quién sabe lo que podríamos necesitar? —dije—. Parece un poco tonto partir despreocupadamente por ahí sin otra cosa más que pan y fruta.

 

Nadie escuchó mi comentario y a nadie le importó.

 

Cuando Dorothy hubo comido y llenado su cesta, dijo—: ¿Estamos listos para encaminarnos hacia Oz?

 

—No del todo —dije con un meneo de mi cola y un gesto señalando mi pila de suministros.

 

—Toto —dijo Dorothy encogiéndose de hombros—, ¿cómo vamos a llevar todo esto? La pila es muy grande, es el triple de tu tamaño, hmmm. —Luego, ella frunció el ceño, se puso las manos en las caderas, se volteó hacia mí con ojos entrecerrados y dijo—: Te olvidaste de mis cosas, Toto, de mi vestido de los domingos y de mi maquillaje. Iré por ellos.

 

Desde el interior de la cabaña, ella exclamó—: ¡Ahhh, ahí están ustedes! —Dorothy se asomó a través de la puerta, iluminando su rostro la más bonita de las sonrisas. Con cuidado colocó el maquillaje encima de mi pila de provisiones y bailó alrededor, ondeando su vestido.

 

El vestido era de algodón barato, a cuadros blancos y azules; y aunque el azul estaba un poco descolorido de haberlo lavado muchas veces, seguía siendo bonito. —Me voy a poner esto. Dale a la chica un poquito de privacidad, por favor... —dijo Dorothy mientras yo la seguía dentro de la cabaña.

 

—Qué… —dije yo.

 

—Vestirme yo delante de ti… —lanzó el resto de su frase—, ¡ahora que puedes hablar, es distinto!

 

Yo estaba esperando junto a la puerta de la cabaña cuando ella la abrió. —Con seguridad tienes una apariencia fresca y bella. —Meneé la cola enérgicamente y añadí—: ¡Con tu cesta en la mano, pareces Caperucita Roja de color azul y hueles mejor que una cena de domingo!

 

—Qué lindo eres, Toto —dijo Dorothy con un gesto de reverencia, mientras tiraba sus desgastados pantalones encima de mis provisiones—. Me estoy llevando mis pantalones vaqueros, claro está, ¡ahora empieza a empacar! —Ella arrojó dos sacos de patatas hacia mí.

 

_______________________________

 

Mientras yo pensaba en cómo iba a empacar, sin manos, mis suministros, Dorothy admiraba su vestido, pero se detuvo en seco cuando se percató de sus zapatos.

 

—Mis zapatos de los domingos se ven lindos, pero no van a servir para la larga caminata que tenemos por delante, Toto.

 

Levanté la mirada a su pequeño y dulce rostro, y me olvidé de todo… incluso me olvidé de mis mollejas—: ¡De verdad te quiero, Dorothy!

 

Dorothy tenía ahora quince años y yo había formado parte de su vida durante seis de esos años.

 

—Yo también te quiero, Toto, y a esta pequeña y pintoresca cabaña que, para mí, tiene tantos recuerdos. —Como si la cabaña tuviera oídos, ella le habló—: He vivido dentro de ti por..., por tanto tiempo desde que tengo uso de razón; no estoy segura de que algún día pueda volver a verte.

 

—También yo voy a echar de menos nuestro hogar, Dorothy, pero nuestros recuerdos…, éstos nunca los dejaremos atrás —dije yo.

 

William paró de comer para decir—: Yo extraño mi granero y mi establo, y extraño a Jim, pero… jamás había comido así de bien en Nebraska.

 

Mientras Dorothy cerraba la puerta, primero me comprimí para pasar a través de ésta y troté hacia el rincón adonde ella había arrojado los zapatos de la bruja muerta. Regresando con ellos, los dejé delante de sus pies. —Esos zapatos plateados se verían perfectos con tu hermoso vestido... y el maquillaje adecuado, por supuesto.

 

 

—Esas cosas desagradables… —dijo Dorothy mientras los empujaba con la punta gastada de su viejo zapato de los domingos—. ¿Qué dama correcta usaría los zapatos de una persona fallecida… peor aún, los zapatos de una bruja muerta?

 

 

Dorothy miró fijamente los zapatos con la nariz fruncida durante varios segundos. Conociendo a Dorothy, estaba seguro de que sus pies estarían apretujados dentro de esos zapatos en muy poco tiempo, pero esperé en silencio a que ella se decidiera.

 

—Hmmm, Toto… ¿me pregunto si me cabrán? —Dorothy los levantó cautelosamente. Su nariz fruncida se torció. Hizo una mueca con su labio superior—. Son desagradables, Toto. Sin embargo, una dama debe de conformarse, y si tú me prometes no contarle nunca nada a nadie, me los probaré.

 

—Lo prometo —dije. Dorothy me divirtió muchísimo. Me paré sobre dos patas y pateaba en el aire. Me encantó cuando Dorothy… se emocionó y actuó… bueno, como Dorothy. —Pero llévate también tus viejos zapatos, Dorothy, en caso de que estos te hagan doler los pies.

 

Dorothy admiró sus zapatos de bruja con emociones contradictorias mientras yo les pedía a los Munchkins que me ayudasen a empacar mis provisiones en los sacos de patatas. Ellos estaban entusiasmados. Tanto es así que se asomaban y se empujaban uno al otro para ayudar, hasta tal punto que temí que fueran a romper nuestras pertenencias.

 

—Túrnense —dije—. Y tú —señalé a un Munchkin con cara de provocación—, mantén abierto el saco. El resto de ustedes, pónganse en fila. Esta es la regla. Todos los que estén en fila, pueden poner sólo una cosa dentro del saco de patatas. Luego deberán ponerse en fila otra vez para tener otro turno. Las cosas pesadas van en la parte inferior, por favor. No… ese es el estuche de Dorothy, pónganlo al último… gracias. 

 

—Él se ha colado —dijo un Munchkin de ojos saltones. Su rostro era amenazador y su voz temblaba de ira.

 

—Tú —grité al que se había colado—. Tu barba señala que eres un adulto, y por el largo, has sido adulto por muchos años. Compórtate como tal y deja de hacer trampa. Ahora, vuelve al final de la fila.

 

—¿Cuándo puedo sostener el saco? —gritó otro.

 

—Lo harás —respondí—, la próxima vez que estemos en la ciudad.

 

Cuando hubo un saco lleno, Dorothy hizo un gran esfuerzo para tratar de levantarlo y dijo—: No puede ser, Toto. No puedo levantar siquiera uno y tú no puedes jalar de ellos. ¿Cuál es el plan?

 

Pensé en pedir a los Munchkins que los llevaran por nosotros hasta Ciudad Esmeralda, pero la idea de hacer de niñera de ellos y oírles discutir me hizo pensar que tenía que haber un modo mucho mejor. 

 

—Dorothy —lancé una mirada discreta hacia William. Susurrando, dije—: Yo creo que William querrá cargar nuestros sacos por ti. Mientras estabas hablando con la bruja, tuve una conversación con William. Ella dijo: “La vida se trata de dar y de recibir”.

 

—Ella lo explicó de una forma tan bella, usando palabras elegantes como tan sólo una vaca bien educada conforme a su linaje podría haberlo hecho. Sin embargo, compartiré sus palabras de la manera que mejor sé: “La vida es un círculo de dar y tomar… y… la suma de las partes se convierte en parte de la suma”.

 

—William pasó a decir: “Toto, tú has sido bendecido con una mente aguda, un ingenio rápido, gran encanto, y contribuyes con liderazgo perspicaz y sabio. Yo, por otra parte, aporto paciencia, una mente metódica, y leche increíble. Dorothy aporta atención, amabilidad, y… yo haría casi cualquier cosa si ella tan sólo estuviera de acuerdo en ser mi ordeñadora dos veces al día”.

 

—Sin manos —dije con un breve meneo de mi cola—, no soy de ninguna utilidad cuando se trata de ordeñar a William. Por tanto…

 

—Mi querido pequeño Toto —dijo Dorothy mientras me miraba cariñosamente. Ella juntó sus manos, añadió una ligera inclinación de barbilla, y su rostro se arrugó con una expresión maliciosa que la hizo parecer de más edad y más sabia—. ¡Toto, estiércol de caballo! William no ha dicho nada de eso en ningún momento. Todo eso te lo has inventado tú. Si tú quieres que William transporte todas estas cosas —dijo ella con un gesto hacia mi pila de cosas—, ¡pídeselo tú! Y yo en tu lugar, ¡se lo pediría de buena manera! Porque seguro que actuaste como un matón cuando te reuniste con ella y empezaste de malas maneras diciéndole que saltara sobre la luna y cosas así.

 

—Ahora se lo preguntaré. —Con mi cabeza gacha y mi cola colgando aún más baja, me arrastré hasta donde estaba William. Me sentí como si me hubieran sacudido con fuerza. Antes de que pudiera hablar, William dijo con su amplia sonrisa—: Lo he oído todo… Dorothy no nació ayer.

 

—Lo sé. Y ella dijo que también te debo una disculpa —dije con un suspiro.

 

—Estoy preparada, pero sólo si es una extensa con muchas palabras, procedente del corazón, y que no me interrumpa mientras pasto.

 

—William, me podrían beneficiar algunos consejos. Estoy asustado. Estoy asustado por mí y muy asustado por Dorothy.

William paró de rumiar y me miró —¿Asustado de qué?

 

—Me asusta ser responsable de Dorothy y de llevarla a casa. Antes del tornado, vivía para hacer feliz a Dorothy, para hacerle compañía, para cazar ratas para el tío Henry, y por el divino sabor de las mollejas. Antes del tornado, yo no tenía responsabilidad alguna. Era un placer compartir mis días con Dorothy y eso no era trabajo. Como atrapador de ratas, daba lastima. La primera rata que mordí en mi vida chilló terriblemente. Me disculpé una y otra vez mientras la pobre se alejaba cojeando. A menudo, cuando no había ratas, ladraba, giraba en círculos y señalaba apuntando. Con eso siempre conseguía que me rascasen el lomo y me dieran un buen elogio. El tío Henry me mecía en sus brazos y me rascaba detrás de mis orejas mientras presumía ante los vecinos. —Cuando Toto termina con una rata, no encuentras ni siquiera un pelo, ni un solo pelo… él simplemente las devora.

 

—Antes del tornado, mi vida era como si fuera alguien de la realeza. Nunca tenía que proteger ni dirigir a nadie; el tío Henry lo hacía. Nunca cocinaba la comida ni transportaba agua, la tía Em estaba allí para hacerlo. Ahora, nuestro mundo ha desaparecido y somos Dorothy y yo contra el mundo. Este repentino y enorme peso de la seguridad de mi pequeña niña es una carga terrible. Sin embargo, la asumo sin vacilación. De modo que cuando llegaste a nuestra cabaña, estoy seguro que fue mi temor lo que causó mi mala educación.

 

—¿Por qué te sientes responsable de ella? —dijo William.

 

—Soy un perro. Los perros protegen a quienes aman —dije—. …Y, tengo mucha más edad que Dorothy… en años caninos, según el tío Henry. Y dondequiera que hay jóvenes, son los mayores los que les proveen su cuidado y protección.

 

Los grandes ojos de color marrón brillante de William miraban hacia arriba con fijeza mientras rumiaba; su oreja derecha se crispaba cuando ella vacilaba entre mordiscos, como si estuviese pensando. —Cuando nos conocimos, eras como una pequeña hamburguesa peluda. Eso empezó con tu discurso de bienvenida, cuando divagabas sin cesar. Yo pensé: Toto no es más que otro pequeño perro negro furioso. Pero, ahora te veo con otros ojos. Por tanto, si esa es tu disculpa, la acepto. ¿Qué puedo hacer para ayudar?

 

—Tal vez, tú deberías dirigir —dije.

 

William soltó su risa ahogada de pollo—: Lo harás bien, Toto, tú ya eres lo bastante inteligente como para preocuparte y darte cuenta de tus debilidades. Si yo les dirigiese, ordeñar y comer serían mis únicas preocupaciones. No saldríamos de este lugar hasta que yo hubiese probado cada hoja de hierba. Tu vida sería una de descontento mientras yo caminaría por campos interminables de exuberante vegetación en busca del último pasto. Te convertirás en un buen líder y si tus decisiones resultan ser tontas, ten por seguro que soy lo suficientemente grande para animarte a tomar decisiones más sabias.

 

—Si tú no nos vas a dirigir, William —paré mis orejas y meneé mi cola enérgicamente—. ¿Cargarías los sacos de patatas de suministros de la cabaña…guapa, por favor?

 

William dejó caer sus orejas, bajó su enorme cabeza hasta que su nariz prácticamente tocó la mía, y lanzó un bramido que me sacudió hasta la médula, al parecer, junto con todos y con todo lo demás que estuvo lo bastante cerca. Los pájaros que estaban cantando, los Munchkins que estaban discutiendo, e incluso la dulce y suave brisa que me hacía cosquillas en mis bigotes, ¡todo se detuvo!

 

 

Capítulo 6: Bienvenidos a Orville Acres. Las Palomitas de Maíz Más Finas del Condado de Reddenbaacher

 

 

—Por supuesto, estaré encantada de ayudar —William olisqueó—, pero como nuestro líder, será tu responsabilidad cuidar de que me ordeñen, según lo programado, dos veces al día.

 

Tratando de centrar mi cabeza en lo que había ocurrido, troté en rápida retirada. Para mi gran sorpresa, William me siguió de vuelta a donde los Munchkins que estaban empacando los sacos. Más fresca que una lechuga, la concentración de ella había vuelto a su apetito mientras arrancaba un bocado de césped y despojaba de hojas las ramas que se cruzaban en su camino.

 

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El sol brillaba con fuerza y excepto por los chasquidos irritantes y los ruidos de los sacos mal embalados y el tintineo de los zapatos plateados de Dorothy, los pájaros cantaban dulcemente mientras caminábamos con rapidez hacia Ciudad Esmeralda. Apenas habíamos recorrido la distancia de un tiro de flecha, antes de que toda esta rabia me condujese a la locura. Decidí arrancar de un mordisco todas las molestas campanas mientras ella dormía, pero fui lo bastante inteligente como para no decir una palabra de los golpes y ruidos procedentes de los sacos. Sin embargo, con prontitud, Dorothy me distrajo con su fascinación por este nuevo y maravilloso mundo en derredor nuestro. Antes que pasara mucho tiempo, todos estábamos enfrascados en muchos debates y charlas mientras cada uno señalábamos lugares de interés inusuales que nos asombraron en gran manera ya que esta tierra era muy diferente de Kansas, inimaginablemente diferente. Entonces, llegamos a campos de maíz tan extensos como el ojo podía alcanzar a ver. No el sucio tono gris polvo de los campos de maíz de Kansas calcinados por el sol, sino campos llenos de vida y de colores intensos. Los finos tallos verdes se movían haciendo ondas como si… como si fueran guiados por una música dulce y sutil.

 

—Escuchen —dije cuando dejé de trotar.

 

—Yo también lo oí… —dijo William—, …pero no ahora.

 

La melodía nos hacía cosquillas en nuestros oídos muy débilmente, pero de forma constante, cuando nos paramos a escuchar, ya no la pudimos oír más. 

 

—El aire está tranquilo —dijo Dorothy—, sin embargo el maíz se mueve en ondas como el grano en “Dios Bendiga a América”.

 

Después de otros cien pasos nos topamos con un letrero de aspecto arcaico. Decía:

Bienvenidos A Orville Acres

Las Palomitas de Maíz Más Finas del Condado de Reddenbaacher

 

De ahí en adelante seguimos por aquel camino de ladrillos amarillos, y estuvimos bien adentrados en Orville Acres cuando los gritos de una acalorada discusión captaron nuestra atención. Mientras doblábamos la siguiente curva, William se detuvo en seco y exclamó—: Esto debe ser el cielo.

 

Dorothy tapó el sol con su mano y preguntó—: ¿Es aquello... aquello...?

 

Había una montaña de palomitas de maíz a menos de un tiro de piedra de nuestra senda. Era aquí donde se producía la discusión y el alboroto, pero con sus grandes ojos marrones William sólo veía las palomitas. —No me importa lo que digan, es la hora del almuerzo. —Y allá que se lanzó hacia la montaña de granos de color blanco ángel, balanceando su gran vientre de color blanco y negro de dos toneladas mejor de lo que Dorothy podría balancear sus caderas. 

 

—Guárdame algunos, William —gritó Dorothy—, estoy justo detrás de ti.

 

Petirrojos que se estaban dando un festín devorando el maíz se alejaron en bandada con gritos airados.

 

—Gracias por espantar a los pájaros. ¿Me ayudarían a bajar antes de que regresen? —dijo una voz.

 

—¡Qué diablos! —dije yo.

 

Dorothy dijo—: ¿Dónde estás?

 

—Estoy aquí arriba —dijo la voz.

 

Este era un campo extraño. Tallos de maíz en cada esquina asomaban y sobresalían del montículo de palomitas de maíz, que tenía unos diez a doce pies de alto y lo mismo de ancho. En medio de este montículo de granos blancos, un sombrero de copa negro descansaba sobre una divertida cabeza como la de un muñeco de trapo.

 

—Por favor, ayúdame a bajar —dijo la cabeza que lucía como una muñeca de trapo Raggedy Ann.

 

Yo estaba enojado. Si no podía mantener a todos concentrados en nuestro viaje, moriría de inanición antes de obtener el primer mordisco de molleja. —¿Cómo es que hablas? —dije—. No tienes boca.

 

—Pero sí que la tengo. —La cabeza parecía indignada.— Vi a Orville pintarla en mi rostro, justo por debajo de mi nariz...

 

—No queda mucho de la nariz —murmuré—. ¿Qué…?

 

—Veo que la cabeza está unida a algo, Toto, pero el maíz está en el medio. Cómetelo, William y despéjame una senda —balbuceó Dorothy con la boca llena de maíz reventado.

 

De nuevo, la cabeza preguntó—: Amables Señores, ¿me ayudarán a bajar, por favor? ¡Los petirrojos han reventado este maíz con la intención de enterrarme vivo!

 

William sacó su cabeza del montículo y dijo—: ¿Por qué no salir simplemente caminando? Las palomitas de maíz no pesan casi nada.

 

—No puedo —dijo la cabeza de muñeco—, estoy clavado a una cruz.

 

William comía mientras Dorothy empujaba pilas de granos esponjosos, primero en una dirección y luego en la otra. Por fin, el montículo de maíz había descendido por debajo del travesaño de la cruz que sostenía sus brazos. Apuntando a sus dedos de paja que sobresalían de los guantes sin dedos, Dorothy gritó—: ¡Eres un espantapájaros, pero nunca antes había visto uno con lentes de sol, ni…con sombrero de copa!

 

William sacó la cabeza del montículo de granos blancos, miró hacia arriba y dijo—: Tus gafas polarizadas… te dan un aire refinado y de persona entendida.

 

—Sí, no hay duda —añadió Dorothy—: Si yo fuese un cuervo, esperaría más recibir un discurso o un regaño en lugar de que me des miedo.

 

—Sin embargo, un espantapájaros soy, Bondadosa Dama, pero lamentablemente, uno no muy bueno. Ahora, ¿me ayudarían, por favor, a bajarme antes de que regresen los pájaros? —pidió el espantapájaros otra vez.

 

—Por el modo en que William está comiendo, habrá un camino despejado hasta donde estás en un santiamén, y entonces, te ayudaré a bajar —respondió Dorothy. 

 

Con un fuerte resoplido y un movimiento de cabeza, el espantapájaros dijo—: Orville estará muy molesto cuando vea todo este maíz reventado.

 

—¿Qué ocurrió? —dijo Dorothy.

 

Con un gran suspiro, el espantapájaros dejó caer su cabeza sobre su pecho y dijo—: Cosas terribles… cosas terribles, terribles.

 

Yo suspiré. Aquí vamos de nuevo… más palabras. En los pocos días que llevábamos en Oz, parecía que todo el mundo y todas las cosas tenían una historia. Además, parecía que estábamos destinados a escuchar su historia, sea que quisiéramos o no. También era un hecho que incluso la historia más corta, aburrida y simple sería larga en la narración. Siendo eso inevitable, por la mirada del rostro de Dorothy me di cuenta de que el espantapájaros tenía un relato que le interesaba muchísimo. Por tanto, me acurruqué a su lado cuando ella se sentó al estilo indio, apoyó su barbilla en sus manos y esperó las palabras de él.

 

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Mientras Dorothy esperaba, yo consideré toda esta charla una mala amalgama de paja que alegaba ser un espantapájaros. En retrospectiva, debo decir que sí se parecía a un espantapájaros y no tanto a una muñeca de trapo Raggedy Ann. Le encontré un parecido entre él y la muñeca debido a su cabeza hecha de tela de yute de un saco de patatas y no porque tuviera cabellos de Raggedy Ann de lana roja. A decir verdad, su cabeza de pelo, paja, o de lo que fuera, era azotada por el viento y el pelo esta revuelto como si cada hebra hubiera intentado huir del incesante parloteo del espantapájaros. Un sombrero de copa ocultaba gran parte de su cabeza, pero no lo suficiente como para esconder un pronunciado pico de viuda que se extendía hasta la nariz de la criatura. A juzgar por su ropa elegante que, según las costumbres de Kansas, no era convencional para los espantapájaros, estaba claro que ello era un él. El toque rojo elegante de una bufanda escondía el cuello que unía la cabeza con el dorso y sus brazos extendidos llevaban las mangas largas de un abrigo tan elegante como su sombrero de copa. Sea por encanto o por fortuna, el abrigo era una opción perfecta dejando la medida adecuada de longitud para mostrar los puños unidos a una camisa blanca almidonada, y los guantes negros sin dedos alojaban sus dedos de paja ondulantes. Aunque sus labios, nariz y ojos pintados eran, sin duda, vulgares, insinuaban expresiones, pero sólo lo suficientemente como para realzar el lenguaje de su cuerpo. Lo más interesante sobre él era que tenía su rostro ordinario, poco interesante. Como Dorothy decía, no asustaba. Quizá fue diseñado para matar de aburrimiento a los petirrojos. Al evaluar la situación, se me hacía difícil aceptar a un espantapájaros que hablaba. Después de una profunda reflexión, lo único que me vino a la cabeza fue la sabiduría del tío Henry. Acerca de un político, él dijo una vez, si parece un cerdo, rueda en el barro, y chilla como un cerdo, entonces es un cerdo. A pesar de la afirmación del espantapájaros, seguí sospechando ya que las únicas partes de él que se parecían a un espantapájaros de Kansas eran sus dedos de paja y su cara pintada. Y repito, mientras estudiaba su semblante, aunque pintado, sus rasgos parecían tener dimensión y sutiles matices de expresión cuando hablaba. Con ojo escrutador, me pregunté—: ¿Debería esperar que este pequeño cerdito ruede por el barro? —Decidí que estaba indeciso y, por tanto, el mejor modo de proceder sería continuar mi observación de la extraña criatura. 

 

—Bien, ¿cuál es tu historia? —dijo Dorothy con un guiño discreto—. Nosotros tenemos espantapájaros en nuestros campos de maíz en Kansas, sin embargo, jamás me habló uno a mí. Estoy segura de que si hubieran podido, habrían gritado por agua o por un paraguas, ya que el sol de Kansas es terrible durante el día.

 

El espantapájaros nos miró y suspiró ruidosamente—: Tantas cosas han pasado y mi vida ha sido tan corta que yo, en realidad, no sé nada. Orville, con ayuda de su capataz, me construyó antes de ayer. Lo que pasó en el mundo antes de ese tiempo me es del todo desconocido. Lo que ocurrió después de eso hizo que me cuestionara el significado de la vida… y si siquiera valía la pena vivir la vida en absoluto...

 

—Recuerdo su conversación mientras me construían: “Los petirrojos temerán y respetarán a este espantapájaros, y en pocos meses, también lo harán los cuervos”,  dijo Orville a su capataz. Con un garabato final para la barbilla, Orville añadió: “y se ve igual que un hombre”.

 

Vaya, él es un hombre —insistió el capataz—, y con ese elegante abrigo, sombrero de copa y chaleco a rayas, ¡un hombre bastante admirable!

 

—Admirable y distinguido… Al igual que mis palomitas de maíz —respondió Orville con una ceja y el dedo índice levantados—. Después de todo, él representa a Orville Acres.

 

—…y estuve bastante de acuerdo con él —añadió el espantapájaros—, porque él me pintó los ojos, yo podía ver por mí mismo. Mientras Orville limpiaba, el capataz me estudiaba cuando caminaba alrededor del granero. Frotando su barbilla, se volvió hacia Orville con ojos ensanchados y exclamó: “¡Sus ojos me siguen! Y su expresión…bueno, puedo ver tanto una sonrisa como un ceño fruncido. ¡Lo has hecho más que un hombre!”

 

»Más tarde, Orville me cargó debajo de su brazo al campo de maíz, me aseguró a esta cruz, y aquí sigo.

 

Con un ceño fruncido sincero, Dorothy dijo—: Eso debe haber dolido.

 

—Sólo el dolor de la soledad —respondió el espantapájaros—, y no tener con quien hablar. Pese a eso, hice a un lado mi miseria y seguí adelante con mi trabajo. Al principio, los petirrojos huían asustados, pensando que yo era un Munchkin, y eso me agradaba. Me hacía sentir que era una persona bastante importante. En poco tiempo, un viejo petirrojo voló cerca de mí, y tras mirarme con cuidado, se posó sobre mi hombro y dijo:

 

“Me pregunto si el viejo Orville pensaba en engañarme. Un petirrojo con una onza de cerebro podría ver que, a pesar de tu cara de presumido y prendas formales disparatadas, eres meramente un traje de tela lleno de paja”.

 

—Luego, partió una mazorca de maíz, luego, otra, y comió hasta quedar satisfecho mientras me miraba con desdén. Me sentí triste por esto, pues demostraba que yo no era tan buen espantapájaros después de todo; pero el viejo petirrojo me consoló, diciendo: “Si sólo tuvieras cerebro en tu cabeza, tú serías tan bueno como cualquiera de ellos, y mejor hombre que la mayoría de ellos. Cerebro es lo único que vale la pena tener en este mundo, no importa que uno sea un uchacho o un hombre”.

 

—¿Qué es un uchacho? —dije yo.

 

Es por eso que necesitas cerebro”, respondió el petirrojo. “Yo soy un uchacho. Ahora, yo y mis uchachos vamos a prepararnos unas palomitas de maíz”.

 

—Será mejor que no lo hagas —dije yo—, Orville estará de vuelta pronto.

 

“Orville, mi estimado espantapájaros, está fuera arando en la parte trasera de la propiedad, al norte. Pero sólo por si acaso, llamaré a mi héroe, protector y al mayor vigilante alado de todos los tiempos. Y ¡tú, espantapájaros! ¡Tu pena y sufrimiento no tendrán fin!”

 

 

Capítulo 7: La Batalla de Orville Acres

 

—El petirrojo se fue y en poco tiempo volvió llevando puesta la cáscara de una bellota. La cáscara descansaba sobre su cabeza como una gorra y en parte le tapaba un ojo. Si no fuera por su pico, la cáscara a modo de gorra le habría tapado la cabeza entera. Por tanto, el petirrojo podía ver, pero con gran dificultad y sólo cuando mantenía su cabeza en un curioso ángulo.

 

»Antes de que le pudiera preguntar al viejo petirrojo sobre su gorra, él dijo: “El viejo petirrojo que te visitó recientemente, me ha pedido mis servicios. Yo soy Robin Hood. Yo les quito los granos a los ricos y se los doy a los pobres”.

 

—Pero eres el mismo uchacho con el que hablé antes —afirmé—. De eso estoy seguro. Incluso la cicatriz por debajo de tu pico es la misma. Sólo que acabas de ponerte como gorra la cáscara de una bellota.

 

Estúpido espantapájaros”, dijo él e hizo un movimiento amplio con su ala a la gran cantidad de petirrojos que volvían con él. “Si cada uno de estos uchachos también estuvieran encapuchados, tú, que no tienes cerebro, ¿serías capaz de distinguirlos?”

 

—Puesto que ese uchacho tenía cerebro, ¿quién era yo para discutirlo? —dijo el espantapájaros con un gemido igual a la tristeza de su voz.

 

Ahora”, dijo Robin Hood: “Yo y mis alegres uchachos sólo nos daremos un festín con la esponjosidad de los granos más finos. Y, espantapájaros, la próxima vez que veas a Orville, ¡dile que Robin Hood estuvo aquí! ¡Ahora, observa mientras yo y mi banda de alegres uchachos festejamos!

 

—Las puertas del infierno deben haberse partido —con estremecimiento en su voz, el espantapájaros continuó con un susurro—. Los petirrojos pululaban como langostas. Todo lo que yo podía hacer para espantarlos era chillar y gritar, lo que hice con gran entusiasmo.

 

“Guarda silencio”, dijo Robin Hood. “Tu ruidosa boca me está dando a mí y a mis uchachos dolores de cabeza y está arruinando nuestro festejo”.

 

—Pese a la furia de Robin Hood y al tono brutal de su voz, seguí gritando a esos malvados pájaros y a medida que aumentaba mi osadía, gritaba con más fuerza. 

 

“Basta con el ruido”, dijo Robin Hood: “Vamos a llenar su rostro con el maíz que con tanta avaricia acumulas. Tú que guardas acres y acres de maíz y, ¿no puedes prescindir de ninguno… para unos cuantos uchachos pequeños? Eres un malvado y avaricioso espantapájaros”.

 

—Robin Hood clavó sus patas en mi sombrero de copa y se colgó del ala boca abajo. Con sus fríos ojos negros, devoró mi alma —dijo el espantapájaros gimiendo—. A pesar de mi terror, me preguntaba por qué no se le caía de su cabeza su gorra de cáscara de bellota. Antes de que pudiera preguntar, él dijo: “Tú deseas el maíz con mucha avaricia. Yo y mis uchachos te enterraremos en él... y lo haremos con festejos”. Luego gritó: “Uchachos, festejen. ¡Que empiece el estallido!”

 

—Posados sobre los tallos del maíz, aquellos pájaros colocaron las mazorcas en posición para que reventaran hacia mí. Mientras me maltrataban con los granos que estallaban, sus crueles y feroces insultos, degradaban y desmoralizaban los oídos del maíz joven. Aquellos pájaros dijeron cosas terribles —dijo el espantapájaros sollozando—: Robin Hood dijo gritando en el oído de un tallo: “Tu papi nació en un suelo pobre y sólo es un híbrido bueno para nada”.

 

—A otro tallo, un pájaro grande graznaba: “No eres más que polenta! !Sólo sirves para hervirte”.

 

—Y otro: “¡Orville ni siquiera te daría de comer a sus cerdos!”

 

—Esto continuó por horas —dijo llorando el espantapájaros—, y… y... —Él se detuvo para recuperar la compostura. Tras un breve y penoso llanto, se limpió la nariz con la manga.

 

»Ese tallo de allá tenía un buena mazorca joven —dijo el espantapájaros con un movimiento de su mano de paja—, hasta que un petirrojo gritó que él era demasiado ignorante para merecer tener alguna vez una panoja.

 

»En el breve tiempo que pasé en mi cruz, me di cuenta que gran parte de este campo es maíz joven. Y…, al maíz joven se le lastima con tanta facilidad —dijo el espantapájaros—. Esas jóvenes y tiernas mazorcas no habían estado aquí el suficiente tiempo para endurecer sus granos. Los uchachos sabían cómo enfrentarse a ellas… cómo llegar a ellas. Cuando esos uchachos hablaban mal de la semilla de sus familias, desdeñaban su noble ascendencia, y ridiculizaban su crianza, aquellas pobres jóvenes mazorcas se sobrecalentaban demasiado rápido y... ¡reventaban!

 

»Haz oídos sordos, haz oídos sordos; no tienes que reventar. Si pierdes el control, ganan los uchachos... Este campo parecía una tormenta de nieve. Muchos de los granos sobre reventaron y se elevaron flotando a lo alto... otros quedaron suspendidos en el aire hasta que el encanto de las melodías del campo los llevaron a lugares desconocidos. Aquellos con los fusibles más cortos explotaron como petardos, no dejando otra cosa más que polvo sobre las hojas de sus hermanos. Por cuánto tiempo nos asaltaron esos uchachos, no lo sé porque no tengo reloj ni cerebro para calcular la hora mirando al sol.

 

—Eso debe haber sido horrible —dijo Dorothy—, pero para tu información, yo sí creo que Robin Hood tenía un impedimento en el habla. Los petirrojos son pájaros, no uchachos, pero, ¿cómo sabrías eso…si dices que no tienes cerebro? En cualquier caso, eso le apoya. Puedo ver gran parte de tu cuerpo y partes de tus piernas. Pronto habrás bajado de tu poste y Robin Hood ya no te aterrorizará más.

 

En su momento, William se comió todo lo que había en el camino hasta el poste sobre el que colgaba el espantapájaros. Con su cabeza enterrada en palomitas de maíz e incapaz de ver, William se comió parte de los pies y piernas del espantapájaros.

 

—¿Qué podemos hacer, Toto? El espantapájaros está lisiado y no puede caminar —dijo Dorothy.

 

Di un trote y dirigí mi atención al extremo de la cola de William, porque esa era su única parte que no estaba enterrada en el maíz. —El espantapájaros es de peso modesto. William, ¿lo llevarías tú hasta que le encontremos pantalones y paja para repararlo?

 

Un “¿Qué?” ahogado provino de dentro del maíz. Sacudiéndose el maíz reventado de su cabeza, ella jaló, del montículo, la bota del espantapájaros por el pasador y me la arrojó, por poco me da en la cabeza. —¿Por qué yo? —dijo William en voz muy baja—. Haz que la vaca haga esto. Haz que la vaca haga aquello. La vaca puede cargar los sacos de provisiones. La vaca puede mantenerse alerta a la señal del cuerno. La vaca puede despejar el camino hasta el espantapájaros. Y ahora… quieren que la vaca cargue el espantapájaros… ¡Vamos a dejar en claro una cosa, Toto! He caminado durante millas y mis pies me están doliendo, ¡y yo no soy tu bestia de carga! Soy una vaca lechera.

 

Dorothy dejó el espantapájaros y se unió a mí. Irritada, las orejas de William hicieron movimientos rápidos. Dorothy levantó su cabeza un poco hacia arriba y después de poner una mano en cada lado de la cabeza de William, jaló del rostro de dos colores acercándoselo. Frotanto su nariz contra la de William, ella le dijo—: ¿Está nuestra muy pobrecita William sufriendo una crisis nerviosa? Tan sólo sigue adelante. Tú eres la más querida y más linda vaquita…. Todo el mundo tiene derecho a que se le baje el estado de ánimo.

 

—Ya no necesito más favores. Ustedes se han esforzado todo el día por hacer que me venga abajo —gritó el espantapájaros desde un lado de la carretera—. Estoy a un paso de desprenderme de ese poste y puedo caminar... ¿lo ven? Apreciaría que pusieran mis piernas dentro de mis botas y le agradezco a William por encontrarlas.

 

Luego de eso, William abandonó la gran pila de maíz reventado y de nuevo estábamos en el camino de ladrillos amarillos… diez minutos más tarde, íbamos con el espantapájaros lisiado sobre el lomo de William.

 

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—Me he aprendido sus nombres por observación mientras colgaba del poste, pero yo no tengo ningún nombre que compartir —dijo el espantapájaros.

 

—Yo te daré un nombre si no te importa —sin objeciones, Dorothy continuó—, Tu nombre será Espanpeti…

 

Con un curioso giro de cabeza, levanté la mirada a Dorothy y vi que William había dejado de masticar y miraba fijamente.

 

Con las manos en sus caderas y una rabieta dijo—: Espanta…petirrojos, ¿captas? Volviéndose hacia el espantapájaros, ella dijo—: Nosotros te llamaremos…Espanpeti para abreviar, dándote dos nombres, Espanta Petirrojos y un apodo, Espanpeti…y cada uno es tan buen nombre como el de cualquier hombre.

 

Un nombre tan bueno como el de cualquier hombre…Eso me gusta enormemente y te doy las gracias —dijo Espanpeti—, pero…¿cambiará mi nombre cuando espante a…cuervos?

 

—No —respondió Dorothy con una encantadora sonrisa—, el nombre de uno no le debería definir. Tú ya eres un espantapájaros. Ahora, nosotros hemos de ponernos en marcha.

 

—¿Adónde vamos nosotros? —preguntó Espanpeti.

 

Nosotros vamos a Ciudad Esmeralda a pedir al Magnífico Oz que me envíe a mí y a Dorothy de vuelta a Kansas. Y tú te vas a quedar con el primer Munchkin que te pueda reparar —respondí yo.

 

Espanpeti me ignoró. —Dorothy, ¿dónde está Ciudad Esmeralda? ¿Por qué Kansas? Y, ¿quién es Oz?

 

—Vaya, ¿no lo sabes? —ella le respondió, sorprendida.

 

—No, ¡de verdad! Yo no sé nada. Como ves, solo estoy hecho de relleno, así que no tengo cerebro en absoluto —contestó él con tristeza—. Pensé que había mencionado eso.

 

—Sí, montones de veces —respondí yo.

 

La mirada con ojos entrecerrados de Dorothy me hirió. —Has mencionado que no tienes cerebro, Espanpeti, pero eso, ¿cómo puede ser? No actúas diferente a nosotros.

 

—Si tuviera cerebro, estoy seguro de que sería capaz de responderte, Dorothy. ¿No crees que… —dijo el hombre de paja—, si fuera a Ciudad Esmeralda contigo, Oz me daría un cerebro?

 

—¿Quién sabe? —respondió ella con un suspiro y una advertencia para mí, con una mirada de ojos entrecerrados desde sus ojos como balas de mosquetón—. Pero puedes venir con nosotros…, si gustas. Si Oz no te puede ayudar, no estarás peor.

 

—Gracias —respondió Espanpeti con una reverencia—. Acepto tu generosa oferta.

 

William mostró su amplia sonrisa mientras bajaba por el camino de ladrillos amarillos. Yo, a cambio, le fruncí el ceño.

 

—Espera, Espanpeti. ¡Tienes trabajo! —dije—. Tu puesto está ahí atrás, defendiendo el maíz de ese terrible Robin Hood. Considera eso, y una vez que te consigamos paja y un nuevo par de pantalones para sostenerla, te podrás poner en camino.

 

—Puede que mi puesto esté con el maíz, pero —dijo Espanpeti—, la palabra clave en tu frase es considera. Eso requiere que piense. Sin un cerebro, pensar es algo que no puedo conseguir hacer. Por tanto, me voy con ustedes a Ciudad Esmeralda.

 

Guiñando un ojo, William dijo con voz baja muulodiosa—: Una lógica irrefutable.

 

 

Capítulo 8: Más sobre el Tema de las Mollejas_______________________________________________

 

Hacia el anochecer, Dorothy estaba cansada y el estómago de William le rugía.

 

—Acampemos en alguna parte —dije yo.

 

—En alguna parte con buena hierba —dijo William.

 

—Y heno fresco —dijo Espanpeti.

 

—Y agua —añadió Dorothy.

 

Yo pensaba que estábamos en medio de la nada, pero cuando doblamos una curva, a menos de un tiro de piedra de la carretera, al frente había una gran granja azul bien iluminada.

 

Sobre el exuberante prado verde bailaban muchos hombres y mujeres. Cinco pequeños violinistas tocaban música a un volumen alto y la gente reía y cantaba. 

 

—¡Esta es una verdadera fiesta! —exclamó Dorothy—. Yo había oído hablar de ellas, pero, nunca he asistido a una con más de doce personas... incluyéndome a mí.

 

—Bonita fiesta es esta —dijo William mientras se empujaba un mordisco bajo la mejilla para hablar claro—. He asistido a bailes en graneros, pero nunca hubo tanta gente.

 

—¿Fuiste a bailes en graneros, William? —pregunté—: ¿Quién te invitó y cómo aprendiste a bailar? —Una vaca que baila llamada William…invitada a un baile en un granero…qué viene luego? —Pensé.

 

“Mi granjero festejaba mucho —respondió William—. Y no dije que fui invitada. Dije que asistí. Mi establo estaba ubicado dentro del granero…¡mi asistencia era un hecho!

 

Antes que pudiera responder, algunos de los Munchkins que estaban en el prado se dieron cuenta de nuestra presencia.

 

En unos segundos, como abejas, se arremolinaron alrededor nuestro con gran entusiasmo.

 

—Es un peerro —dijo uno—: un peerro… dientudo —Él se inclinó para presionar mi nariz y, hablando de mi cerquillo, dijo—: Cosita de perrito, necesitas que te peinen o que te corten el pelo. ¿Cómo logras ver?

 

—Un espantapájaros montando a una vaca… —gritó otro.

 

Como si hubiera visto al Mesías, una mujer susurró en voz alta—: ¡Es ella! Es ella.”

 

Un profundo silencio se apoderó de la fiesta. Los músicos se detuvieron en mitad de la melodía y los susurros llenaron el vacío—: debe ser ella…ella le ha dado vida al Guardián del Maíz...

 

—Me gusta ese título —dijo el espantapájaros—, oh, y…

 

¡Habla! —hubo un gran suspiro que surgió de entre los Munchkins. Algunos se taparon la boca, otros se taparon los oídos y otros se frotaron los ojos.

 

“No hay duda de que están sorprendidos de ver a un espantapájaros montado sobre el lomo de una vaca, pero deben admitirlo —dijo Dorothy moviendo el dedo índice—, de que ustedes se habrían quedado totalmente sin habla si nuestra vaca, William, estuviera montada sobre la espalda del espantapájaros.

 

Las miradas atónitas y los rostros perplejos recompensaron su sabiduría. Dorothy continuó—: ¿Alguno de ustedes tiene algún overol que le sobre?

 

—¿Y un poco de paja para llenarlos? —intervino el espantapájaros.

 

Inmediatamente, varios de los hombres se habían quitado sus camisas y, más cosas antes de que un munchkin de aspecto amable se acercara a nosotros sonriendo y saludando con la mano—: Campesinos, vístanse de nuevo. Tenemos un montón de ropa extra en la casa, así como heno fresco en el granero —con una reverencia cortés, él prosiguió—: Mi nombre es Boq. Las noticias de sus hazañas y sus poderes se han esparcido por toda nuestra tierra. Ustedes nos honran con su presencia. Por favor, acompáñennos esta noche en nuestras celebraciones y quédense todo el tiempo que deseen.

 

Para los Munchkins, yo era interesante, el espantapájaros era espeluznante y Dorothy era su ídolo y salvadora por liberarles de la esclavitud impuesta por la Bruja Malvada. William obtuvo una mayor atención cuando, exactamente a las 6:00 p.m., silenció a todos con un bramido que pudo oírse a una milla—: ¿Ti-e-e-e-n-e-n… L-e-e-e-ch-e?”

 

En minutos, vinieron corriendo Munchkins con baldes desde todas direcciones.

 

—¿De dónde salieron todos esos baldes? —dije yo mientras me lanzaba entre las piernas de Dorothy para evitar ser pisoteado.

 

—Mira como van…corriendo de acá para allá...me recuerdan a los Leprechauns persiguiendo piezas de oro —susurró Dorothy con una risita.

 

—Mira, Dorothy, no tienen ni idea de cómo ordeñar a William.

 

—Entonces, yo les mostraré. —Dorothy echó sus hombros para atrás, levantó su mentón y con sorprendente dignidad y autoridad se dirigió hacia William donde se encargó del ordeño.

 

—Ordeñar a una vaca —dijo ella—, no tiene que ver con rascarle a alguien la cabeza, frotarle la barbilla, ni arrancarle la barba, así que dejen eso y presten atención. Jalen…, ahora expriman. Otra vez, jalen…, ahora expriman.

 

Dorothy volvió donde yo estaba con una sonrisa. —Ahora que han recibido mi entrenamiento experto, sus pequeños dedos regordetes tendrán esos baldes llenos enseguida.

 

Más tarde, descubrí que las vacas lecheras eran escasas en la Tierra de Oz.

 

Estos lugareños habían ordeñado a otras criaturas, pero sólo unos cuantos de los ancianos habían probado la leche de vaca. Hubo estallidos de risa cuando la leche les cayó en el rostro en lugar de llenar sus baldes. Los Munchkins tienen un sentido del humor infantil y nunca se cansan de un buen chiste, ni de contar una larga historia. William se deleitó con todo ello y algo que ellos dijeron, desató su risa de pollo ahogado. Un Munchkin, a quien le goteaba leche de su barba, se acercó a nosotros. Con gran preocupación, preguntó—: ¿Le estamos haciendo daño a la vaca, o todas las vacas se asfixian y hacen gárgaras cuando son ordeñadas?

 

—Ese ruido sólo lo produce la más feliz de las vacas —respondí yo.

 

Dorothy se quedó boquiabierta. Se tapó la boca con las manos y dijo suavemente:

 

—Vaya, Toto, tu labio inferior se enrolló alrededor de tus pequeños dientes de conejo y tu ceja ha adquirido un toque de la mayor perspicacia. Si no me equivoco, ¡tu rostro ha encontrado su sonrisa!

 

—Y yo que pensaba que al pobre perrito le habían pateado en la cara —dijo Espanpeti mientras alzaba sus manos al cielo.

 

Atrajimos bastante atención, pero yo estuve contento cuando la multitud que nos cercaba se disolvió y las celebraciones continuaron.

 

—¡Comida! —exclamó Dorothy mientras Boq nos llevaba a una mesa—. …más que comida, ¡un banquete!

 

—Nada de maíz, ¡gracias a Dios! Ya he tenido suficiente con el maíz —dijo Espanpeti con un gran suspiro de alivio.

 

Dorothy añadió con la nariz fruncida—: Esta mesa está llena de deliciosa fruta y nueces, tortas y pasteles… y carne, pero aquí hay muchas cosas que son nuevas para mí.

 

Boq estudió su expresión de desconcierto. —Come, come —insistió él con una sonrisa divertida mientras jalaba una silla para hacer espacio en la mesa. —Si deseas comida que no encuentras, llamaré a mi cocinero. Come mientras les encuentro paja fresca y overoles para su amigo lisiado.

 

—A mí también me gusta la paja —bramó William—, ¿puedo ir yo?

 

El espantapájaros y William siguieron a Boq mientras nosotros nos unimos a una mesa de Munchkins que se daban un gran banquete. A pesar de su  hambre, los finos modales de Dorothy la marcaban como una pequeña dama y al final ella comió hasta saciarse. Nunca antes, ni desde aquel entonces, he asistido jamás a un banquete más abundante. Sin embargo, cuando no encontré mollejas en aquella fina mesa, me sobrevino cierto pesimismo. Boq nos trató como a la realeza y sólo alguien con menos personalidad que yo, le haría la descortesía de pedirle más comida.

 

Después, él regresó con William y el espantapájaros. Luego, junto a una cálida hoguera, descansamos satisfechos, intercambiando cumplidos.

 

—Y, ¿adónde te podría llevar tu viaje, William? —preguntó Boq—: y, ¿para qué fin?

 

—A Oz, Amable Señor —dijo de pronto Espanpeti—: para llenar de cerebro mi cabeza vacía.

 

—Soy una vaca —William ignoró la interrupción de Espanpeti—. Las vacas no hacen planes ni dirigen y, a pesar de nuestra excepcional inteligencia, nuestra paz mental proviene de seguir y proporcionar leche. Yo voy adonde ellos vayan —William hizo un gesto con la cabeza hacia Dorothy y hacia mí.

 

—¿Y usted y la joven dama, Sr. Toto? ¿Qué camino atrae sus almas?

 

—Boq, es de Kansas de donde nos hemos visto forzados a venir, y a Kansas regresaremos. La Bruja del Norte nos dijo que Oz, de Ciudad Esmeralda, nos podría ayudar a llegar allá. No obstante, mi interés inmediato se centra en las maravillosas mollejas de Oz.

 

Ansiosos por oír más sobre nuestra tierra natal, los Munchkins se sentaron delante de nosotros, como niños en el momento del cuento. Aunque hablamos abierta y superficialmente sobre muchos temas, los Munchkins siguieron llevando la conversación nuevamente al tema de las mollejas. Mostraban un vivo y enorme interés mientras yo describía el aroma exótico, el intenso sabor terroso, y su sólida consistencia al masticar como la de un cuero de carne. A pesar de la cantidad de alimentos que este pueblo había ingerido en las generosas mesas de su anfitrión, escuchaban con hambre y absortos, se lamian los labios y se frotaban el estómago.

 

—Hábleme más de estas mollejas, Sr. Toto. ¿Cómo se volvió usted un experto en este tema? —dijo Boq.

 

—Como dije, Amable Señor, soy de Kansas, nacido y criado en esa tierra. Mi familia es tan pobre, que hasta esa palabra parecía lujosa y por tanto la usamos con moderación. Nuestra pobreza es tal, que mi familia ni siquiera se puede permitir una banca de madera para que me siente y me pueda unir a ellos en la mesa del comedor; sin embargo, su generosidad se evidencia en que yo me deleito con la mejor parte del pollo que es, por supuesto, su molleja,

 

—Nunca he oído de nadie que comiera pollo —musitó Boq mientras hacía a un lado un puñado de bigote para masajear un lunar suavemente. —Describió usted bien la suculencia de la molleja; por favor, deléitenos más con una descripción de las partes que restan del ave. A menudo me he preguntado qué sabor tendrán las plumas de pollo. Como puede ver, los Munchkins solo crían las gallinas por sus huevos.

 

—Plumas, mi querido Boq, son probablemente para las familias aún más pobres que la nuestra. Que yo tenga conocimiento, no sé de nadie que se las haya comido. En cuanto a la exquisitez del resto del ave, le tendrá que preguntar a Dorothy. —Hice un gesto con la cabeza hacia ella mientras estaba sentada absorta en sus pensamientos golpeando su pie al ritmo de los violinistas. —Personalmente, no lo puedo decir, ya que no he comido y saboreado otra cosa que no sea la mejor parte del pollo. Imagino que el resto del ave es duro y reseco. Dorothy, el tío Henry y la tía Em siempre me hablaron de ello de esa manera, cuando me arrojaban la molleja.

 

Cuando me cansé de ver el baile, fui a echar un vistazo a William que se había ido a dormir. Ella se había acurrucado en su lugar favorito, un pastizal abierto debajo de un cielo despejado. Cerca de allí, Espanpeti descansaba sobre su espalda, mirando arriba al cielo lleno de estrellas.

 

Después, Boq nos llevó a Dorothy y a mí dentro de la casa, donde nos brindó una habitación con una bonita cama y nos dio las buenas noches. No recuerdo haberme quedado dormido y cuando desperté, ya había pasado algún tiempo desde el amanecer.

 

Tras el desayuno, Boq preparó una fina cesta de carnes, quesos, panes y dulces para nuestro viaje y nos acompañó hasta el camino de ladrillos amarillos.

 

—¿Qué tan lejos está Ciudad Esmeralda? —pregunté.

 

—Tres quizás, fácilmente cuatro días en el mejor de los casos —respondió Boq—. Al no ser de estos lugares, ustedes disfrutarán de la campiña y del clima que es divino.

 

Le hice a Boq una reverencia y dije—: Le doy las gracias, Amable Señor, por su generosidad, su cama, nuestras buenas comidas y el regalo de su compañía.

 

—Gracias por nuestra libertad —respondió con una reverencia—. Aunque nos acabamos de conocer, Sr. Toto, siento como si le hubiese conocido toda mi vida. Espero con ansias el día en que encuentre a un pollo dispuesto a compartir su molleja. En mis muchos años como granjero, aún he de encontrar uno, pero luego… —él vaciló mientras se tiraba de la barbilla—, nunca he pensado en pedírselos.

 

Nuestra noche con los Munchkins nos dejó bien descansados, relajados y refrescados. Emprendimos nuestro viaje con optimismo y vitalidad y nuestro primer día de regreso en la carretera fue magnífico.

 

Dos días después nos encontrábamos cansados, sucios y malhumorados.